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Aguafiestas

Todo empezó a comienzos de los ochenta, cuando mi tío fue trasladado a una sucursal bancaria de La Coruña y me cedió su carnet del Barça. Entre los 12 y los 15 años, alterné el gol sur de Sarriá con el segundo graderío del gol norte del Camp Nou, si bien feliz, lo que se dice feliz, lo fui sobre todo en el segundo. Aquel 0-2 contra el Madrid, con goles de García Hernández y Santillana, en que Cunningham puso al público de rodillas. El 1-3 contra el Betis (Benítez, Morán y Cardeñosa), con la hinchada verdiblanca dando palmas de tango en el gol sur. El 1-3 de mi Español (Urbano, Lauridsen y Murúa) que tanto contribuyó a que al Barça se le escapara la liga. El empate a 2 del Celta, con gol del imposible Atilano. La eliminación en la Recopa a manos del Metz (1-4), en una eliminatoria que el Barça tenía casi resuelta, tanto que en el campo apenas había 20.000 espectadores. Veinte mil y yo, claro; la lealtad de un aguafiestas no suele presentar fisuras. A fin de evitar la ojeriza de los socios de mi sector, aprendí a enmascarar el alborozo mordisqueándome la lengua, según la estrategia que años después le vería poner en práctica en Las amistades peligrosas a Madame de Mertuil. Lo cierto, no obstante, es que no hubiera hecho falta el disimulo, pues los socios del Barça, de aquel Barça glorioso, jamás prestaban atención a nada que no fuera su íntima agonía. Así, ante la vislumbre de un empate o una derrota, se desataba un runrún que para mis oídos era música celestial, como lo eran, ay, las ovaciones inopinadas al rival de turno, aquellos pintorescos olés con que pretendían zaherir a los suyos, empezando, como es de rigor, por los mejores: Rexach, Carrasco, Maradona…

Cuatro años son muchos para pasar inadvertido. Mi tío regresó de La Coruña y en su primer partido tras el paréntesis, un vecino de asiento le preguntó quién coño era el resentido que había estado yendo al campo en su ausencia y que siempre, siempre iba a favor de los forasteros. Desde entonces sigo al equipo por televisión, o por radio, y aun en ocasiones, ávido de noches aciagas, me dejo caer por mi antigua localidad. Ha habido pocas, para qué engañarme. Desde que Cruyff dotara al club de sentido de Estado, los títulos se han ido sucediendo con asombrosa naturalidad. Pero esa época toca a su fin. Bien pensado, mi antibarcelonismo acumula ya tanta solera que tal vez haya llegado la hora de reclamar al club un pin conmemorativo. Porque yo soy del Barça. De un modo siniestro y disfuncional, de acuerdo, pero del Barça. Que desee que pierda en lugar de que gane es un asunto anecdótico, tan trivial y azaroso como, a menudo, lo es el desamor.

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