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Ahora que Otegi tuitea

Foto: ALVARO BARRIENTOS | AP

Yo pienso ahora en la memoria histórica de lo reciente; ahora que van a venir a reescribir el relato de las Vascongadas y a perdonarnos la vida. Yo soy tan raro que ni perdono ni olvido a los carlistones ultramontanos que mataban por la espalda. Ni perdono ni olvido porque aún huele a quemado y a muerto en Hipercor. Huele a infierno en la casa cuartel, en el nombre del pabellón que le dieron a un concejal que mataron por julio.

Aún hay flores frescas en la tumba de un picoleto que nació en el Sur y fue a morir al Norte verde/plomo, a causa del delirio armado del supremacismo. Recuerda, lector, ese caserío y ese pueblo donde lo miraron de ‘maketo’ y quedó señalado.

Yo soy aquel que se quedó en el alma con el gesto de Miguel Ángel en el último pleno que le grabaron: era una cámara analógica. Y era Ermua y lo mataron en la flor de la vida. Yo soy aquel que vio la condesdencia gritona de Arzalluz en las campas de Altube. Por mi memoria de niño que creció con ETA sé que mis vecinos, de los tres ejércitos, se colocan todavía al final de la barra y miran hacia la puerta en la hora del vermut.

Los gudaris dejaron huérfanos a muchos, y, ahora que sus cachorros están en las instituciones, los terroristas han aprendido que el terrorismo es más barato en su nueva fase histórica: sueltan camorristas de bar que van liberando la patria. Sucede que ETA tiene las santas narices de ir a blanquearse en sus postrimerías, con tanto niño muerto y tanto joven lisiado por una bomba lapa que explotó mal. Otegi se ve con el Follonero en un ameno prado y en un programa líder de audiencia.

Otegi tiene twitter. Ha triunfado el Estado de Derecho, sí, y se lo dicen a niños sin padres, a viudas sin teniente, a vascos buenos exiliados en Torrevieja.

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