Víctor de la Serna

Al borde de la violencia

«Ahora mismo estamos de nuevo en plena orgía de memoria histórica manipulada, para –como siempre- tapar los problemas reales de un país que no ha acallado a ninguno de sus demonios»

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Al borde de la violencia
Foto: Paul White| AP
Víctor de la Serna

Víctor de la Serna

Periodista generalista a la antigua usanza, ha acabado especializándose en comunicación, cocina, vinos, baloncesto y las calles de Madrid.

En 1939 tuvimos la paz de los cementerios, pero aun dentro de la brutal represión, ya no era una guerra total lo que vivimos en aquella posguerra española –con los brotes de resistencia local que fueron los famosos ‘maquis’-, ni se trataba de una crueldad atroz como la que habíamos sufrido desde 1936 o, como algunos historiadores argumentan, desde 1934, cuando el golpe de Estado socialista de la ‘revolución de Asturias’ y luego las elecciones amañadas del Frente Popular en 1936, que nos colocaron de hecho en una situación bélica, y han dejado a miles de familias españolas con algún abuelo asesinado en Tarancón o en Paracuellos del Jarama.

Tardó 20 años el franquismo en dar el siguiente paso normalizador con su reforma económica del ‘plan de estabilización’ de 1959, que fue acercando a Europa este castigado país. Las anteriores recetas económicas, falangistas y autárquicas, claro está, no habían funcionado. Y los tres últimos lustros de dictadura, o ‘dictablanda’, fueron dejando a esta sociedad mejor preparada para recobrar su libertad, con un paulatino descenso de la represión.

De todo ello han pasado 45 años, bastante más de lo que duró la propia era franquista, y tras las promesas de desarrollo de los primeros años de la España constitucional, siempre acompañados del inamovible terrorismo de ETA, llegamos a la integración en la Unión Europea y a lo que se iba pareciendo a una normalización de un sistema autonómico –que es como decir federal con otras palabras- capaz de mantener a España entre los países europeos estables y respetables.

A partir de 1975 la reconciliación fue el motor de los cambios constitucionales, y con aquellos primeros gobiernos democráticos parecía que los españoles volvían a hablarse sin condenarse mutuamente por su pasado intransigente.

La aventura duró desde 1978, con la Constitución, hasta 2004, con el vuelco electoral causado por el terrorismo. Una primera crisis internacional en 2008 desbarató los desordenados planes de Zapatero de convertirnos en una sucursal bolivariana, pero el PP del apático Rajoy, con su propia colección de trampas y corruptelas, no comprendió nada de lo que exigía una limpieza a fondo de nuestro sistema constitucional y desembarcamos en la atroz cacofonía del arribista Sánchez agarrado al comunista Iglesias para confrontarnos de nuevo con fantasmas de los años 30. De Franco a derribar la cruz del Valle de los Caídos, ahora mismo estamos de nuevo en plena orgía de memoria histórica manipulada, para –como siempre- tapar los problemas reales de un país que no ha acallado a ninguno de sus demonios.

El problema en 2020 es que una horrible pandemia, muy mal gestionada en España, está no sólo matando a miles de ciudadanos, sino arruinando a millones. Miseria, desahucios, desaparición de la actividad empresarial: eso significa, física y no sólo simbólicamente, hambre, desesperación, mencididad… y quizá violencia.

A eso hemos llegado en septiembre de 2020, en este país de las guerras civiles. Al borde mismo de la violencia, mientras nuestros políticos se dedican a los juegos florales del Pazo de Meirás. 2020. Como si estuviésemos en aquella España desgarrada: llevan 16 años intentando desgarrarla de nuevo. Algunos veteranos pensábamos que nunca llegarían a su objetivo. Ya no estamos tan seguros, ni mucho menos.

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