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Al galope en dirección contraria

Desde que hace cuatro milenios un babilonio desconocido soñase con detener el goteo de la clepsidra, la tentativa de detener el tiempo ha acompañado al ser humano

Desde que hace cuatro milenios un babilonio desconocido soñase con detener el goteo de la clepsidra, la tentativa de detener el tiempo ha acompañado al ser humano. La literatura del pasado siglo, a remolque de la teoría de la relatividad, nos legó otro anhelo, derivado de éste y acaso más disparatado: la posibilidad de hacer retroceder los relojes.

Pocos saben que antes de que Martin Amis torciese el minutero del doctor Friendly en La flecha del tiempo (1991) y de que Iain Banks llevase la idea a los dominios de la ciencia-ficción en El uso de las armas (1990), antes incluso de que Philip K. Dick publicase El mundo contra reloj (1967), el británico Charles Hubert Sisson ya había narrado en una novela al revés en 1965. En ella contaba, de la cuna a la tumba, la desapacible historia de un hombre gris y mediocre.

Christopher Homm (Alba Editorial; traducción de Catalina Martínez Muñoz) comienza en el momento en que su anciano protagonista rinde el alma. Desandando el tiempo, el viejecito aparentemente bonancible se convierte en un pecador reformado que aprieta el paso cuando alguna chica le dirige una mirada. «La muerte gradual de su ardor, los dolores y las flaquezas ocasiones que le recordaban que su cuerpo iba camino ya de su disolución, se convirtió en restrictiva prudencia» . Los problemas aumentan a medida que vuelven a atizarse las brasas de la libido («vivía, aunque discretamente, en las mismísimas fronteras del orden» ) y los vicios vuelven a iluminar un rostro que va perdiendo el tono macilento de la vejez («cuanto más elegante era su fachada exterior, más indecente parecía su cara» ). Después de recorrer su desalentador matrimonio, una calma chicha alterada por momentos de tortura mutua, llegamos a una infancia entre maestros autoritarios que enarbolan la vara en ademán de intimidación. Primero la escuela, donde Christopher es un muchacho cobarde y sin ingenio, y de ahí al parvulario, donde su torpeza y sus hechuras medrosas lo hacen pasar por niño pensativo. Afirma el narrador que si un desconocido observase a este crío cabezón, estrecho de hombros y de columna torcida, «no habría podido decir si lo que veía era un feto o un viejo dando un paseo». Un viaje de indiferente ramplonería, jalonado por mojones de ruindad y flaqueza, que finaliza con su nacimiento.

Para el reaccionario -Sisson lo era- el mundo va en dirección contraria. Volver el tiempo del revés no sirve, empero, para evitar la decadencia de Christopher Homm, retrato lacerante de la clase media británica. Carente de virtudes, sus pecados son, en el peor de los casos, veniales. Su fofa indeterminación moral lo lleva a ramonear por una rebañega zona de grises, donde no hay caída ni salvación. Al convertirlo en un vendehumos político, entregado a grandes causas que lo superan, el autor remata la estampa, convirtiéndolo en el tonto de su tiempo. Tal y como recuerda Santiago Gerchunoff en Ironía On (Anagrama), en la comedia clásica el ironista (eiron) solía ir acompañado del charlatán (alazon), al que desenmascaraba haciéndose el tonto, impulsándolo a pavonearse y a dar pávulo a la cháchara. Algo parecido hace Sisson con el propio Homm, que de tanto en tanto acude a un comité presidido por un hombre cuya boca es “de las que se complacen en denunciar opresiones”, se sube a un púlpito y suelta discursos ardientes e insustanciales, peroratas tan vacías como grandilocuentes sobre la humanidad y la libertad. Las tan cimeras cotas de redentorismo a las que lo propulsa su vehemente ánimo benefactor, producto de una mezcla de militancia y chifladura, lo vuelven inoperante para las cuestiones mundanas. Sus denodados intentos de arreglar el mundo lo entregan a empresas quijotescas y, aún sospechando que los gigantes que enfrenta pueden ser molinos (el episodio XVI, donde trata de desfacer un entuerto en la fábrica textil, es a mi juicio el mejor del libro), es incapaz de ocuparse de su hija, que acude al colegio descuidada y sucia, y de poner orden en su propia casa.

Si bien la vanitas barroca de Christopher Homm no escatima en ensañamientos (hay mala leche a tutiplén), puede sorprender la sátira que Sisson, ardiente anglicano y autor de varios ensayos apologéticos, hace de la Iglesia de Inglaterra. El protagonista acude a la capilla, cuya arquitectura «transmitía plenamente el vacío del ser humano», en busca de elevación, «aunque sin llegar nunca a la altura de quienes se agolpaban en la tribuna instalada en la parte superior» y ante un sacerdote que se esmera «en que su mensaje calara en aquellos de quienes dependía la renovación de su contrato»; también se burla de la reforma inglesa cuando advierte del parecido entre la capilla y un comité, «en reconocimiento del derecho de congregación a venerar a un dios de su propia elección». Y es que Sisson era, por encima de todo, un nacionalista: como advirtió el sociólogo de la religión David Martin, estaba tan apegado al anglicanismo porque lo blandía, precisamente, la Iglesia de Inglaterra y no la Iglesia de ningún otro lugar (invirtiendo la célebre frase de Calderón: porque era nuestro, era bueno). Hay, en resumidas cuentas, malevolencia a manos llenas en esta novela, una obra maestra de la crueldad que se lee con recelosa delectación.

 

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