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Al salir de Roncesvalles

La noche que llegué a Roncesvalles llovía sin cesar. Yo tenía 19 años y el mundo era todavía un lugar intacto, enigmático y apetecible. Sin embargo, la vieja Colegiata representaba el pasado y la tradición con una especial intensidad: los bosques y el Pirineo navarro, Francia y España, la arquitectura monástica, Carlomagno y la Chanson de Roland, el euskera y el latín. A un joven embebido en literatura, todo aquello le tenía que causar un impacto: la aventura, la soledad, el misterio, lo viejo y lo nuevo. En A Moveable Feast, Hemingway escribe sobre la alegría íntima que permanece en nosotros si alguna vez hemos tenido la suerte de experimentarla. Hemingway encontró esa fuente de gozo en el París de su juventud, antes de que la guerra destruyera todos los sueños. Quiero creer que otros la hallamos vagabundeando a pie por media Europa. Como el diplomático holandés que conocí en Logroño y que llevaba meses caminando desde Ámsterdam; o Brian, el escritor de San Francisco que nos acompañó hasta Foncebadón; o Steffan, el hospitalero alemán de León que pensaba en hacerse Cartujo; o Sofia, una brasileña que decía ser hermana de Paulo Coelho y que desapareció en Castrojeriz. Me pregunto qué habrá sido de ellos.

Aquella noche llovía en Roncesvalles. El día siguiente en cambio fue radiante, una vez despejada la neblina matinal. Falto de experiencia, olvidé protegerme las orejas con crema solar. Al llegar al albergue, el sol ya las había quemado. Así aprendí que los errores nos perfeccionan. Y que la gran lección del Camino de Santiago consiste en ir descubriendo el valor de los gestos cotidianos: dormir y comer, avanzar despacio pero con constancia, perderte y orientarte de nuevo, dejar atrás la ingenuidad pero no la ilusión ni la esperanza, buscar aunque no se sepa muy bien qué se va a encontrar ni si se va a llegar a algún sitio ni si ese lugar será el definitivo.

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