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Al Sur del muro, lo negro

La vida no vale nada, no vale nada la vida. Lo cantaba José Alfredo Jiménez, cantor de un México legendario de cantinas y de honor. Cuando en las cantinas que digo los duelos dolían lo justo, ‘nomás’, y al muerto le hacían guardia dos tequilas bajo la mirada de Guadalupe virgen y esos milagros que cuentan sus fervorosos con diez tiroteados en la cuenta. Que pasa que Lupe perdona.

De aquel México macho y bigotudo, hoy, no queda sino el recuerdo tópico en el Tenampa cuando se arrancan por algo de Jorge Negrete. En México la relación con la parca es larga y férrea. Con los gallos en el palenque. El país es feliz con sus mil culturas, pero sangra en la violencia, que es casi un estado ineludible en los que menos tienen. Balaceras en la calle, cadáveres al sol del Pacífico o del Golfo, y México que boquea a ración de cárteles de la droga que hacen de Guadalajara un llano, de México una llanura de miedo donde, sin embargo, hay que pensar en el platillo al medio día. El patio más cercano y más trasero de USA no levanta cabeza entre el “plata o plomo” que inventó Pablo Emilio Escobar Gaviria -el patrón de la cosa-. Así que un semáforo en la Avenida Insurgentes puede ser la tumba de un güerito que pasaba por allí. Entre tanto en Acapulco, donde María Félix bebía las noches de un paraíso ya ido, el suelo acuna a ajusticiados, a torturados, a decapitados. Y el Océano Pacífico azul, ajeno, con sus saltadores y clavadistas desde el acantilado de esa ciudad que fue Paraíso. Ajeno a un estado fallido que habla español y al que un señor con tinte y esposa atractiva -pongamos que hablo de Trump- le ha puesto un muro por arriba. México. Ahora.

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