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Albaricoques salvajes

Foto: Sayombhu Mukdeeprom | Sony Pictures Classics

Hay varios elementos en «Llámame por tu nombre», la bella película de Luca Guadagnino, que funcionan como símbolos de su tema principal, que es el deseo. Está el «judaísmo discreto» del que presume la familia del protagonista, alusión a una homosexualidad latente. Está el sonido de los porticones que golpean, una tarde de viento, el quicio de las ventanas, un poco como las taquigráficas, impacientes, notas del compositor John Adams, en la apertura de la película. Está la secuencia en la que el padre, un académico, invita a quienes aún no son amantes a una sesión de arqueología subacuática en el lago de Garda, de cuyo lecho secreto emerge la estatua de bronce de un efebo o atleta, portando su mensaje de ternura desde la Antigüedad. Pero si algo permanece en mi retina son los albaricoques, esa fruta de carne jugosa y dulce que la familia y su invitado recogen del árbol que les da sombra en la villa donde transcurre su cosmopolita veraneo. Una fruta sobre cuya etimología se produce un interesante debate, haciéndola remontar, bajo sucesivas capas de lenguaje, a la precocidad con que madura, un guiño a Elio, el delicado y precoz protagonista, portentosamente interpretado por Timothée Chalamet. Y cuando al final, la mortificada tentación se deshace en una noche de placer, Guadagnino no tiene más que dirigir nuestra mirada al árbol frutal a través de una ventana abierta, presidiendo la tórrida noche del ferragosto.

El deseo. Nunca había visto una película que representara con tanta precisión el brote, el martirio, las dudas, el desorden, el júbilo, la dictadura del deseo. Guadagnino cuenta para ello con el buen material de la novela autobiográfica de André Aciman, el exquisito guion de James Ivory, y un tándem de actores en estado de gracia. Pero el mérito es finalmente del reggista siciliano, acaso el director de cine que mejor sabe retratar en una pantalla la tensión sexual. Ya lo había apuntado en sus dos películas previas, Io sono l’amore y A bigger splash. Buenas películas a las que, para mi gusto, la aparición de la muerte confería un innecesario sabor trágico, como si el osar hubiera de tener el peor de los castigos. En esta ocasión, sin embargo, nada grave sucede salvo el amor. No cualquier amor, sino el primer amor. El que ama se expone al sufrimiento y el aprendizaje de Elio no estaría completo sin el desgarro de la ruptura. Y, como le explica su padre con bondad infinita en un inolvidable parlamento, cuando llega el dolor no debemos rehuirlo inmediatamente, no sea que al calmarlo demasiado rápido una parte de nosotros quede entumecida para siempre: «Nos desgajamos de tanto de nosotros mismos para poder curarnos de cosas con mayor rapidez de la debida, que al llegar a los treinta años estamos en bancarrota y tenemos cada vez menos que ofrecer al encontrarnos con alguien nuevo. Pero no sentir nada, para no tener que sentir… ¡qué desperdicio!».

Así es. Y como diría nuestro Lope, quien lo probó lo sabe.

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