Paula Fernández de Bobadilla

Alcántara

«Recuerdo bien el calor de aquellos veranos, aunque la casa debía de ser fresca. Pero qué le importa eso a un niño cuando lo que quiere es pasarse el día fuera»

Opinión

Alcántara
Foto: inma · santiago| Unsplash
Paula Fernández de Bobadilla

Paula Fernández de Bobadilla

Escribo para fijar las cosas que me llaman la atención y porque, como a R.L. Stevenson y Enrique García-Máiquez, me gusta enfocar el lado bueno de las cosas.

Me crie en una viña a las afueras de Jerez. Tenía un pequeño bosque detrás que hacía las veces de jardín y un patio empedrado en el que mi padre plantó dos limoneros. Al patio daba su taller, y en el patio jugábamos mi hermana Bibi y yo a engarzar collares hechos con estrellitas de pasta que nuestra madre teñía de colores para nosotras. Recuerdo bien el calor de aquellos veranos, aunque la casa debía de ser fresca. Pero qué le importa eso a un niño cuando lo que quiere es pasarse el día fuera. Un día –el mejor día– nos llenaron de agua el pilón encalado que había junto al pozo que quedaba adosado al muro de fuera. 

El bosquecillo estaba un poco más alto que el terreno sobre el que se levantaba la casa y para entrar se subían unos escalones de piedra sobre los que había un arco de hierro en el que se enredaba desordenado un jazmín amarillo. Mi prima Livia aún recuerda como allí, al pie de los lentiscos, nos dejaba mi madre unas cartas estupendas de parte de los gnomos, en la entrada de las madrigueras de los conejos. Las buscábamos (y respondíamos) con gran emoción. 

En invierno, cuando nos acostábamos, hacía tanta humedad que parecía que las sábanas estaban mojadas. Mi padre nos daba unos masajes que nos encantaban por encima de las mantas hasta que entrábamos en calor. Una noche se fueron a cenar a casa de Pepe, el capataz, y Loli, su mujer, nuestros vecinos. A la vuelta no encontraban a mi hermana por ninguna parte; se había caído mientras dormía y había rodado debajo de la cama. 

Nos pasábamos el día con los hijos de Pepe y Loli: Mari Loli, un año mayor que yo, muy responsable, y Pepito, de mi edad, más centrado en liarla conmigo. Nuestro top tres de planes era abrirle la puerta del corral a las gallinas, desenterrar las papas del huerto de Pepe cuando no tocaba y escondernos entre el trigo verde, alto y suave que se suponía que no debíamos pisar. Anda que no se habrá quitado Loli la zapatilla veces a cuenta nuestra… ¡y lo que corríamos! En realidad lo pasábamos igual de bien sin dar la lata, en lo alto del níspero que había junto a la huerta, en el columpio de las casuarinas o encaramados a la acacia que había al lado de la cancela de casa. Esos tres sitios, particularmente, fueron testigos de grandísimas conversaciones.

Recuerdo la chimenea enorme delante de la que nos sentábamos a hacer la tarea. Me encantaba echarle ramitas de lentisco, que crepitaba y soltaba chispazos y olía tan bien. Alguna vez salimos a la oscuridad de la noche siguiendo a mi padre mientras intentaba encontrar al cárabo con el haz de la linterna. Mi madre siempre decía que el ulular del cárabo, según le diera, se podía parecer mucho a la risa de una persona, y si estabas solo en el campo daba hasta un poco de miedo. 

En el aseo que había cerca de nuestro cuarto vivía una ranita de San Antón y mi madre había puesto un cartelito en la puerta con Jeremy Fisher, la rana de Beatrix Potter, en el que decía «No usar, por favor. Yo vivo aquí». Y así era, allí vivía. Me parecía lo máximo que uno de los cuartos de baño no se pudiera usar porque una ranita había decidido hacerlo su hogar. De vez en cuando salía de paseo y se instalaba en la frondosidad de las plantas frescas del alfeizar de la ventana del comedor. 

Una vez se coló una rata en la cómoda de mi padre. Estuvo un rato intentando trincarla pero era muy difícil porque cuando abría un cajón, saltaba al de abajo; era una rata muy ligera. Acabó pegándole un tiro allí mismo, entre sus camisas limpias. Más de una vez encontramos un erizo y más de una vez lo tuvimos viviendo con nosotros en una de las cajas de plástico rojo gastado que se usaban para recoger uvas en la vendimia. Por allí pasaron al menos dos o tres, y a todos los llamamos Federico, porque según mi madre los erizos tenían cara de llamarse Federico. Otra vez apareció la camisa de una serpiente que había decidido que la papelera del salón era el mejor sitio para mudar de piel tranquila. Y una mañana mi madre me cogió una coleta para ir al colegio pero el pelo se me venía insistentemente a la mejilla. Yo me lo volvía a meter detrás de la oreja sin prestarle mucha atención hasta que a la tercera me di cuenta de que lo que yo había tomado por un mechón que iba por libre era en realidad la pata de una araña de jardín, una de esas negras y peludas como de cuento inglés. Había hecho un nido debajo mi cama. De Alcántara nos fuimos con mucha pena cuando una rata tiró una lata de Zotal al pozo. Quizá era la prima de la que se cargó mi padre en la cómoda. 

Mis niños se han criado en un piso y a ellos en vez de los gnomos les han escrito unos ratones durante muchos años. Aquí se han colado murciélagos –tres–, una cría de vencejo, y Perico, el perro callejero, que estuvo muy poco tiempo pero nos dejó su recuerdo para siempre. Hay más salamanquesas de las que a mí me gustaría entre las macetas de la terraza –es decir, una– y desde hace poco viven un par de cobayas con nosotros. Las mañanas de colegio me gusta despertar a cada niño con su cobaya de nombre impronunciable. Antes de que llegasen, mi madre nos cedía gustosamente a sus perras para que se vinieran a dormir de vez en cuando. A los niños les hacía muchísima ilusión, y si alguna se hacía pipí por el piso ya el plan les parecía insuperable. No es exactamente lo mismo que criarse en el campo, claro, pero de noche –y al amanecer– a veces se oye el ulular claro del cárabo en los jardines de las casas que se ven desde nuestro balcón. 

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