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Alejarse de Omelas

"La fiesta del progreso necesita sus rehenes, y son siempre los mismos"

Foto: Paul White | AP

El cuento es de Ursula K. Le Guin y comienza con el clamor de campanas que anuncia la llegada a Omelas del festival de verano. Oímos reír a los niños, que juegan desnudos al sol mientras los barcos fondean en la bahía. Desde las verdes praderas se escucha la música que serpentea por las calles, endulzando el aire y los rostros de sus habitantes. Los ciudadanos de Omelas no eran como los demás, eran felices. No tenían rey, ni esclavos, ni poseían armas. Pero no piensen que eran ingenuos, los ciudadanos de Omelas eran adultos sensatos e inteligentes. El narrador admite que Omelas parece una ciudad de cuento de hadas, e invita al lector a introducir en ella los ingredientes que considere necesarios para su felicidad; todo cabe en esta radiante y alegre ciudad. Todo, salvo una cosa: la culpa.

Y es que en el sótano de uno de sus bellos edificios hay una sórdida habitación sin ventanas, cerrada con llave. En una esquina descansan cubos y fregonas viejas, y sobre el suelo de tierra húmeda yace desnudo un niño agonizante. Aparenta seis años, pero tiene casi diez. El narrador no sabe si nació con problemas, o si se ha vuelto así por el miedo, la malnutrición y el abandono. La puerta siempre está cerrada y nunca llega nadie. O casi nunca: cada cierto tiempo entra un hombre que grita al niño y lo patea. Y por la puerta se asoman curiosos que lo miran con miedo y repulsión. Todos los ciudadanos de Omelas saben que está ahí. Y todos saben que tiene que estar ahí: su felicidad, la belleza de su ciudad y la abundancia de sus cosechas dependen de la miseria de este niño afligido, que tirita sobre su propio excremento. Los ciudadanos de Omelas aprenden de muy jóvenes que si el niño fuera rescatado, toda la prosperidad de su ciudad desaparecería.

El cuento se llama «Los que se alejan de Omelas». Me ha vuelto a la mente esta semana, leyendo sobre el paraíso de progreso igualitario y racializado que se va forjando ante nuestros ojos. Lo he recordado contemplando la sonrisas satisfechas de los nuevos ministros, vislumbrando el Edén que nos espera, la orgía de diálogo y soluciones políticas que sustituirán nuestra embrutecida forma de resolver conflictos aplicando la ley. Me vinieron a la mente Omelas y una pregunta: ¿quién es, en nuestra pequeña España, el niño pateado que mantiene viva la utopía? Quién será, sino nuestros amigos que tienen la desgracia de no ser nacionalistas y vivir en Cataluña. La fiesta del progreso necesita sus rehenes, y son siempre los mismos.

Habrá quien, como los ciudadanos de Omelas, prefiera mirar hacia otro lado. Pero de vez en cuando han de bajar a ese sótano lúgubre, abrir esa puerta y observar por un instante a ese niño. Observar cómo le propinan una patada cada vez que vandalizan un comercio, agreden a un miembro de S’ha acabat o acosan a los padres que piden educar a sus hijos en castellano. Alguien golpea a ese niño cuando un camarero es represaliado por atender en la lengua equivocada, o cuando al llegar a casa enciende la tele para descubrir que su idioma sólo tiene cabida en boca de maltratadores. Ese niño es vejado en cada partido de futbol, en cada concierto en el Palau, en cada sílaba del sintagma «conflicto político». Cada vez que un juez hace las maletas, cada vez que el hijo de un guardia civil no recibe la invitación de cumpleaños, cada vez que un tendero recibe una multa lingüística, o que a un autor se le niega un espacio para presentar su libro.

Aunque con resignación, la gran mayoría de ciudadanos de Omelas acepta las condiciones. Otros no. De vez en cuando, quienes visitan al niño no regresan a sus casas. Salen a la calle, caminan en silencio y cruzan las murallas de la ciudad. Se alejan de Omelas, nadie sabe hacia dónde. Yo soy uno de ellos.

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