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Alemania, Europa y la libertad

La noticia llamativa del día es que la primera reedición desde 1945 de ‘Mein Kampf’, de Adolf Hitler, ha sido un éxito editorial en Alemania. Menos llamativa, pero probablemente más importante, ha sido la del superávit en la balanza comercial de la Unión Europea en 2016, que ha alcanzado los 296.000 millones de euros, de los que 280.000 millones los ha aportado por sí sola Alemania. Pero lo trascendental de verdad es Alemania a secas, la Alemania de 2017, la que económicamente lidera Europa pero políticamente sigue en ese limbo en el que se encerró para expiar la terrible docena de años en los que se dejó llevar por Hitler a una cadena de crímenes y horrores que las generaciones posteriores no han acabado de asimilar.

Ese profundo trauma nacional, esa vergüenza colectiva de toda una sociedad ha sido lo que ha llevado a los alemanes, durante siete decenios, a delegar en otros ante las grandes cuestiones internacionales y de seguridad. Pero ahora Europa, una Europa acosada y sin rumbo claro, necesitaría más de Alemania, no de una Alemania hegemónica e invasora, sino de una Alemania reconocida como baluarte de las libertades democráticas y de los valores occidentales y dispuesta a ejercer una nueva forma de liderazgo.

Lo de esta edición -crítica, y profusamente anotada por expertos- del ‘Mein Kampf’, ‘Mi lucha’, podría ser interpretado como síntoma del renacer de las oscuras ansias totalitarias de antaño, pero más prudente parece tomárselo con el proverbial grano de sal que suelen aducir los anglosajones: en un año se han vendido 85.000 ejemplares, no todos ellos en la propia Alemania, país de 81 millones de habitantes; es decir, un ejemplar por cada millar de ciudadanos. Si recordamos que de la primera edición, hace 90 años, se vendieron 12 millones, la conclusión es casi automática: aun con el auge de un partido antimusulmán, como en otros países europeos, el fascismo no parece ser una amenaza plausible o inminente en Alemania.

Lo que sí que se echa en falta es quizá un nuevo ‘best-seller’, firmado por la propia Angela Merkel, que podría titularse ‘Unsere Freiheit’, ‘Nuestra libertad’, con unas reflexiones capaces de transmitir a los alemanes de hoy el orgullo por lo conseguido en estos decenios de ejemplar democracia y de economía liberal, y de armarlos moralmente ante los nuevos desafíos. Sería importante para una Europa cuyo equilibrio de posguerra se está perdiendo.

Ese equilibrio estuvo construido en torno a la OTAN, con Estados Unidos y el fluctuante Reino Unido de baluartes militares, y a un eje París-Bonn/Berlín de la Unión Europea en el que se cedía a los franceses el protagonismo defensivo y estratégico. Con Obama y ahora con Trump el manto protector estadounidense se ha reducido a una bufandita ligera, los británicos vuelven a sentirse en mitad del Atlántico, y los franceses llevan un decenio de declive.

Los golpes crueles del jihadismo contra Gran Bretaña, Francia y ahora la propia Alemania deberían ser otros tantos aldabonazos para todos, pero son los alemanes los que, desde su solidez institucional y su pujanza económica, mejor situados parecen para mostrar el camino a sus socios europeos frente a esa amenaza y a otra más difusa, pero que ellos tienen más cerca que nadie, que es la del expansionismo de Putin. Sin embargo, el mayor obstáculo ante ese deseable paso al frente reside en la propia conciencia colectiva de una sociedad alemana a la que repugna cualquier conato militarista, cualquier retorno a sangrientas ensoñaciones de antaño, pero que ya no puede rehuir la realidad del terrorismo que se está infiltrando en todos los países libres. De cómo resuelvan los alemanes ese conflicto interno dependerá buena parte del, hoy, tan incierto futuro de las democracias europeas.

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