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Alfie

Foto: Kacper Pempel | Reuters

Hoy escribiré sobre un niño. Es algo que durante siglos y siglos resultó inusitado: cuesta encontrar en la Antigüedad clásica referencias literarias a los más pequeños. Si te ponías a escribir unas letras, las dedicabas a los dioses, o a hombres egregios cuyas hazañas merecieran ser rememoradas. Un crío es poca cosa.

Ponte que estás en el Imperio romano: la tasa de mortalidad infantil supera el treinta por ciento. Cuando nace un pequeñuelo, se le pone a los pies del padre y solo si este lo alza en brazos se considera que lo ha reconocido; de no hacerlo, se abandonará a la criatura, que morirá de hambre o quién sabe si saciará la de los perros. También puedes, en lugar de abandonarlo, “exponerlo” (tracemos distinciones): en este caso el bebé se convertirá en “expósito”, cualquiera podrá recogerlo por la calle y llevárselo a casa.

El neonato puede por otra parte nacer ya esclavo. O con malformaciones: de ser este el caso, los grandes fundadores de la ética griega, Platón y Aristóteles, recomendaban que la ley prohibiera a los padres educarlo, que los recursos son escasos y oneroso cuidar de un discapacitado. Tanto tienes, tanto vales: y los niños no solo tienen poco, sino que nos piden demasiado.

Esta mentalidad solo cambiará cuando el cristianismo comience a echar raíces por los predios de Roma, condene taxativo el infanticidio e incluso equipare el mundito infantil con el reino de los cielos (Mc 10:14). Empieza entonces a fraguarse una idea extraña, que ya los estoicos habían avanzado: la de que los seres humanos (a diferencia de los caballos, las monedas o las fincas) no tenemos mayor o menor precio, sino que el valor de todos nosotros es idéntico y es máximo. Surge ahí lo que llamamos desde entonces “dignidad” humana. Lo que ha configurado, mal que bien, Occidente a lo largo de dos milenios: nuestras leyes, nuestra moral, nuestra cultura. También nuestra tranquilidad.

Hace unos pocos siglos las cosas, empero, comenzaron de nuevo a mutar. La idea de dignidad empezó a parecer demasiado vaporosa. ¿Dónde está, por qué no encontramos al abrir un cuerpo, esa cosa llamada dignidad que hay que respetar a toda costa? También empezó a parecer una idea demasiado exigente: ¿por qué habría yo de respetar esa presunta dignidad de todos?

Surgieron entonces dos propuestas que hoy ya han cuajado lozanas. La primera reza así: quizá baste con los sentimientos de compasión que sentimos de modo natural unos humanos hacia otros para ir tirando; quizá no haga falta hablar de absolutos como la dignidad o como los mandatos divinos o elevar al ser humano con un valor incomparable al del resto de las cosas. Las normas absolutas se sustituyeron entonces por la empatía, por el “mira qué bien te sientes cuando ayudas a los demás” (vale, de acuerdo, no siempre, pero tampoco tiene mucho sentido esforzarse mucho más allá). El valor absoluto del ser humano se sustituyó por el gustirrinín que nos da portarnos (a veces) de modo bondadosote.

La segunda novedad, consecuencia de la anterior, que desde hace unos pocos siglos ha ido cristalizando a nuestro derredor es que lo importante no es tanto la vida, o el sentido de esta, o su dignidad, palabras todas ellas demasiado rimbombantes para nosotros, meros mortales. Seamos más humildes: lo que de verdad cuenta es pasarlo bien y evitar pasarlo mal. La vida es una cuenta corriente en que tienes que acumular ingresos de felicidad y disminuir los gastos que cualquier dolor le supone. Si en tu cuenta corriente empiezas a tener demasiados gastos o entras incluso en números rojos, esa cuenta valdrá menos (lo sabe cualquier banquero) que la de un tipo, más acomodado, que ingrese más y más placeres. De hecho, párate y reflexiona: ¿tiene de verdad sentido que mantengas una cuenta de ahorro en que solo sustraes cantidades y apenas eres capaz de acumular experiencias positivas? ¿Qué aportas al bienestar de tu nación si solo te pierdes en dolores y no contribuyes con alegrías?

Ibas a hablar de un niño y te has extraviado recorriendo nada menos que los últimos veinticuatro siglos de Occidente. Reconocerás que resulta del todo desproporcionado. Aunque solo, claro está, desde la mentalidad esa que florece en nuestros días. Desde la otra, desde la mentalidad de los estoicos, los cristianos y también Immanuel Kant o muchos liberales, desde la idea aquella del valor absoluto de cada pequeñajo, los apenas dos años de Alfie Evans valen tanto como esos otros dos milenios.

Y esos milenios nos sirven a su vez para entender lo que le ocurre a Alfie.

Alfie está enfermo, muy enfermo. No se sabe bien de qué, pero los médicos calculan que no le queda por delante mucho tiempo. Su estado es semivegetativo. Unos jueces ingleses han decidido entonces que su vida no merece los gastos que exige conservarla. Los padres de Alfie piensan de manera diferente. Pero ya nos advertía Aristóteles que los progenitores suelen tener esa manía de empeñarse en que sus hijos sobrevivan por muy deformes (la expresión es del libro IV de su Política) que sean.

Italia ha concedido la nacionalidad a Alfie Evans para facilitar que sea trasladado al hospital Bambino Gesù de Roma, ciudad donde ahora tratan a los niños con dificultades en lugar de dejarlos, como antaño, expósitos. Pero los jueces británicos se niegan a permitir semejante traslado: han hecho sus cálculos y creen que eso no causará al niño ningún bienestar reseñable. Pues, recordemos, las cuentas corrientes de nuestros bienestares es lo único que importa, no la vida sin más.

Alfie fue desconectado de cualquier soporte vital terapéutico hace tres días (cuando redacto estas líneas), mas pese a ello sobrevive, para sorpresa de todos (se ve que los médicos no son infalibles al tasarnos cuánto nos queda de vida y si merece la pena que la vivamos). Aun así, el padre tuvo que suplicar el martes pasado que le den un poco de agua al niño, tras seis horas y una larga conversación con los médicos (quizá andaban algo molestos con que su previsión de muerte inmediata de Alfie no se hubiese cumplido). Y, bueno, ya puestos, se afanó en aducir el padre, por qué no le dan también algo de oxígeno.

Recurso tras recurso, los jueces han dictaminado que a Alfie le conviene (“it’s in his best interest”) que se le facilite morir cuanto antes. Recurso tras recurso, los jóvenes padres de Alfie (Tom y Kate), se empeñan en que la vida de su hijo tiene sentido digan lo que digan los tribunales. Diga lo que diga el saldo de su cuenta corriente de placeres. Diga lo que diga la mentalidad compasiva que cree que, en el fondo, le haces un favor a un enfermo cuando, para acabar con su enfermedad, lo eliminas a él también.

Tom (21 años) y Kate (20 años) libran una batalla que tienen perdida (quién no la tiene frente a la muerte). Pero es que de eso va su lucha: de demostrar que tiene sentido combatir pese a todo. Y por este motivo, aunque ibas a hablar tan solo de un niño, al final has acabado hablando de todos nosotros.

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