Juan Marqués

Algo sobre la "poesía juvenil"

Alguien entra y coloca sobre la mesa una moneda de dos euros, junto a otra de cincuenta céntimos. “Elige”, nos dice, “podéis llevaros una”. Hasta hace un par de décadas todo el mundo hubiera escogido la moneda previsible, pero ahora ese mismo mundo ha cambiado nítidamente, y hemos asistido a ese cambio de paradigma, de mentalidad, hemos visto el proceso aunque no hayamos sabido entenderlo.

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Algo sobre la "poesía juvenil"
Foto: Diario de Madrid
Juan Marqués

Juan Marqués

Doctor en Filología Hispánica y crítico literario en publicaciones especializadas.

Alguien entra y coloca sobre la mesa una moneda de dos euros, junto a otra de cincuenta céntimos. “Elige”, nos dice, “podéis llevaros una”. Hasta hace un par de décadas todo el mundo hubiera escogido la moneda previsible, pero ahora ese mismo mundo ha cambiado nítidamente, y hemos asistido a ese cambio de paradigma, de mentalidad, hemos visto el proceso aunque no hayamos sabido entenderlo. Ahora habría quien preferiría los cincuenta céntimos porque le gusta más la plata que el dorado, o porque la de cincuenta tiene los cantos dentados y da gustito al palparla en el bolsillo, o porque es holandesa y me falta en la colección, o simplemente por dar la nota… Las razones pueden ser las que sean, y por supuesto es sagrada la libertad de elegir, e indiscutible el derecho a preferir la menos valiosa, por extravagancia, por despiste, por gusto o por ignorancia. Lo que en ningún caso se puede admitir es que se discuta ni un solo segundo que una de las dos vale exactamente cuatro veces más que la otra. Eso queda fuera de todo debate. En el momento en el que entremos en los matices, estamos perdidos.

Alguien pensará que es mala analogía, pues las monedas tienen un valor muy concreto, para eso fueron inventadas, y las diferentes obras artísticas no tanto. Por aquí pensamos, sin embargo, que en esa objeción está, precisamente, el corazón del problema. A ti puede aburrirte El Quijote o puedes considerar que Moby Dick está muy sobrevalorada. Y está muy bien, ante todo libertad de culto (aunque cabría anhelar que esa libertad de culto estuviese unida a una mínima cultura de base). Lo puedes pensar y hasta lo puedes decir (aunque hasta hace poco nadie se atrevería a confesarlo: se ha perdido también ese pudor, esos reparos), la melodía de este tiempo lo permite y hasta lo alienta, y en general aplaude. Ahora bien, nadie podrá afirmar jamás que esos títulos son malos. Nadie podrá discutir la superioridad del talento que en esas obras hay invertido sobre la última novela de […]. Eso ha de quedar fuera de la conversación. Que El Quijote es una novela bastante buena es tan verdad como que Tokio es la capital de Japón o que tres más cuatro son siete. Tal vez no sea ciencia, ni debe serlo, pero no hay lugar para el matiz.

Algo sobre la "poesía juvenil" 1

Foto: Wikimedia Commons

Desde hace unos años el pequeño corral poético español anda revuelto por la irrupción de autores que, procedentes del mundo de los cantautores, o de la televisión, o a veces del cine, andan publicando libros de versos. Poetas que en absoluto son mucho mejores que ellos andan indignados por la supuesta intrusión, la invasión, la impostura… Les indigna especialmente que esos poetas monopolicen las listas de los más vendidos en poesía, lo cual da un giro argumental entretenido pero que despista del verdadero problema. No sé: si yo vendía unos 300 ejemplares de mis libros antes de que sucediera todo esto, y ahora vendo unos 300, no me he de considerar precisamente perjudicado. Aparte del hecho de que cualquier poeta que delate que está en la poesía para ganar dinero debería retirarse del asunto ya no por estrategia comercial, sino por simple decoro. Como dijo Vicente Aleixandre a un aspirante a poeta que quería publicar para conseguir unos ahorros, o para poder casarse…, “la poesía, con suerte, da como mucho para merendar”.

«La culpa de que no te lean no la tiene Marwan, la tienes tú solito»

Si tú gustabas antes de todo esto, seguirás gustando. Si no gustabas, has de esforzarte un poco más (y eso dando por supuesto que hay que pensar remotamente en los lectores, algo más que cuestionable). Amigo X, no: la culpa de que no te lean no la tiene Marwan, la tienes tú solito. Y en todo caso es alarmante que lo que más irrite sea el haber descubierto que en la poesía había lectores potenciales, había posible negocio… Por un lado, la poesía verdadera siempre ha sido minoritaria, mucho antes de que sucediera esto. La poesía nunca se ha vendido bien, jamás, y eso afecta desde siempre a los mejores poetas, al menos en el caso español, donde la tarta editorial es tradicionalmente diminuta. Pero, además, ¿no habíamos quedado en que era deseable que los jóvenes leyeran? Bueno, pues allí los tenemos, leyendo por fin. Todos hemos tenido nuestra evolución, muchos hemos empezado por lo asequible y hemos llegado a Rilke. Un poco de paciencia. Y en todo caso, no ha cambiado nada, no hay ninguna prueba definitiva de la supuesta degradación lectora: los lectores experimentados, veteranos, buenos lectores…, siguen prefiriendo la subliteratura, en mayor o menor grado. No es un problema de ahora, nada ha cambiado. La gente no lee para crecer, para aprender, para entenderse… No, la gente lee para entretenerse, para pasar el rato, o, en el caso que comentamos, tal vez por adicción a determinados personajes populares, o para no dejar de leer lo que todo el mundo lee y compra y comenta.

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Foto: editorial Planeta

Hasta aquí, yo no veo mayor problema. Lo que sí me parece preocupante es que todo este fenómeno está alterando visiblemente lo que la gente cree que es la poesía. Se vio definitivamente cuando el año pasado cientos de aceras de Madrid (aceras que no habían hecho nada malo) se vieron rotuladas con versos de poetas que habían accedido a ello. Había poetas buenos, claro, versos valiosos, pero nueve de cada diez pintadas demostraban a los no lectores de poesía lo bien que hacen en no asomarse al género. Si la intención de la campaña era promover la lectura de la poesía, yo creo que más bien llenó de argumentos a los que la desprecian, les reafirmó en sus prejuicios.

«Había ejércitos de cazurros dispuestos a burlarse de la poesía, por supuesto, pero es que ésos tampoco leen a Montaigne, precisamente»

Pero hay algo peor, otro síntoma: la poesía, curiosamente, aunque casi todo el mundo desconfiaba claramente de ella, ha mantenido su prestigio hasta hoy, nadie se atrevía a arremeter contra ella, tal vez por aquel principio sagrado del “si no lo entiendes, no lo juzgues”. Había que ser muy osado para confesar públicamente que “yo es que la poesía no la entiendo”, o, más discretamente, “yo soy mal lector de poesía”. Había ejércitos de cazurros dispuestos a burlarse de la poesía, por supuesto, pero es que ésos tampoco leen a Montaigne, precisamente. Pero hace nada, cuando dieron el Cervantes a Ida Vitale, las redes sociales (la obra maestra de Satanás) se llenaron de comentarios de narradores, periodistas, lectores, gente de la cultura, que cuestionaban el reconocimiento a una poeta tan extraordinaria. Allí se vio que se disolvía el blindaje que tradicionalmente la poesía ha tenido, y todo el mundo, muy en sintonía con estos vociferantes y temerarios tiempos, se permitía juzgar versos sueltos o poemas aislados que acababa de leer con una prepotencia despectiva realmente nueva. Resumen: si te gustan los poemas del autor de aquel monóstico inmortal, “Desde que estamos juntos te siento más cerca”, tienes un problema, sí, pero es un problema de mal gusto, o de que te conformas con muy poco. Pero si confundes ese tipo de literatura con la poesía de alguien como Vitale tienes un problema mucho más grande, con el agravante decisivo de que encima te las das de cultivado, y te crees con derecho a pronunciarte sobre algo que a todas luces no conoces. Como decía Theodor Kallifatides en Otra vida por vivir (acaso el mejor libro de 2019), uno no se define sólo por lo que hace, sino también por lo que no hace. O, como dice Juan Vicente Piqueras en uno de los aforismos de Ascuas, “Hay gente que se cree muy lista por el simple hecho de serlo”… Siempre ha sido muy fácil guardar el silencio ante lo que no se comprende. No perdamos esa buena costumbre.

Las pocas veces en que he ojeado libros de estos nuevos poetas me han parecido nefastos, literatura blanda, cursi, improvisada, apresurada, muy poco autoexigente. Son versos tan malos que produce vergüenza citarlos, o reproducirlos. A veces consiguen dejarte hasta mal cuerpo, por su espectacular vacío, como aquel poema dialogado en que alguien decía que ya se iba “aclimatando” a su nueva ciudad y su interlocutor le respondía que “Pues yo sin ti me estoy aclimuriendo”. Pero no seamos elitistas: lo que a nosotros nos produce casi rabia, o en el mejor de los casos risa, a muchísimas personas les produce ternura, o dulzura, o suspiros… No es un problema de la poesía, ya que la poesía no está implicada en ese fenómeno. Es como lo que Ramón Gaya decía de Dios: “Cada vez que se construye una iglesia Dios se va a otro sitio”. No sé si se puede hacer algo contra la verdadera poesía, pero creo que no. Tal vez sea cada vez más minoritaria, menos atendida, más difícil, o los poetas reales lo tengan más complicado para publicar… No sé. No me importa demasiado. Dios seguiría existiendo, y supongo que imperturbable, por muchos pecados que se cometiesen, y, como decía Carlos Pujol (hablando estrictamente de literatura), “a la larga, Dios reconocerá a los suyos”.

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