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All is full of love

Vivimos rodeados de amor y de bondad.

Cuando Pablo Iglesias decide defenestrar a uno de sus colaboradores más cercanos, nos explica  en una cariñosa carta que en realidad es porque a él y a todo Podemos les brillan bondadosamente los ojos mientras reparten sonrisas, besos y abrazos de verdad.

Cuando Marine Le Pen desafía a la periodista Ana Pastor preguntándole si acaso tiene alojados inmigrantes en su casa, esta nos desvela que así es. (Y si Pastor probablemente no fue del todo sincera sobre quién vive o no en su domicilio, en todo caso sí que nos reveló una verdad mucho más profunda y, por tanto, “verdadera”: que ella, Ana Pastor, ama a los inmigrantes y por ello podría perfectamente tener alojados unos cuantos en su casa; que de hecho los tenga o no es un detalle sin importancia al que solo ultraderechistas como Le Pen, obsesionadas por los duros hechos, pueden prestar atención).

Cuando se nos pregunta a los españoles si seguiríamos el ejemplo moral de Ana Pastor y alojaríamos un refugiado sirio en nuestra propia casa, un 62 % de nosotros contesta que sí.

Cuando se nos pregunta si somos personas que damos mucha importancia al dinero y a llegar a ser ricos, un 75,5 % de nosotros rechaza tal idea completamente o casi completamente. Por el contrario, un 69 % de los españoles afirma preocuparse mucho o bastante por el prójimo y sus necesidades. Sólo un 8,3 % reconoce no ser un buen samaritano, o serlo solo un poquitín.

Vivimos rodeados de tanto amor y bondad en España que es sorprendente que las cosas no nos vayan mucho mejor. Es un auténtico misterio.

En la Edad Media afrontaron un misterio parecido: ¿cómo era posible que, rodeados como estaban por el amor de Dios, Padre misericordioso, las cosas no fueran siempre del todo bien, e incluso proliferara a menudo el hambre, la peste, la guerra, la desazón?

Según el recientemente fallecido filósofo René Girard, la respuesta que los humanos tendemos a dar a ese tipo de preguntas es siempre la misma: si las cosas no van bien es porque hay alguien que tiene toda la culpa de ello. En el Medievo los candidatos preferidos para este rol de chivos expiatorios fueron los judíos y las brujas. Solo sus diabólicas intrigas podían atraer todo tipo de calamidades sobre los cristianos ya redimidos por el Amor de Dios. Exterminarlos era, si lo pensamos bien, un acto más de bondad, pues extirpaba la causa de esos males enigmáticos y restituía la paz a la comunidad de los buenos.

Explicaciones así resultan tan eficaces que su sombra se prolongó mucho más allá de la Edad Media. Los estadounidenses están aún conmocionados porque su país, que se suponía un refugio para perseguidos por motivos religiosos, cayó en esa misma obsesión a fines del siglo XVII, ya adentrados en la Ilustración. Durante el caso conocido como “las brujas de Salem”  veinte individuos fueron ejecutados. Tras un sesudo juicio, los puritanos de esa zona de Massachusetts habían decidido que solo los sortilegios de semejantes personas podían explicar los males que una comunidad tan pura como la suya padecía. Hace unos días se encontró el paraje en que las ahorcaron, ese apacible césped que muestra la fotografía superior.

Mas hoy, trescientos años después, ¿quiénes son las nuevas brujas que explican que, pese a la bondad que envuelve al ya descrito y misericordioso pueblo español, las cosas no nos vayan del todo estupendas? Lo cierto es que candidatos no nos faltan. Brujas pueden ser para usted los fachas que, a diferencia de Ana Pastor, no desean alojar inmigrantes en sus casas. Brujas pueden ser también esos mismos extranjeros, si es que usted es de aquellos a los que convence más el discurso ultraderechista. Una horripilante bruja puede ser para usted España toda si le persuade el discurso de los nacionalistas; una no menos espantosa hechicera puede ser Angela Merkel, o Rita Barberá, si acaso usted vota a Podemos. Aunque, quizá, limitar a esas dos harpías su cacería pueda resultar un tanto timorato, y los españoles no deberíamos andarnos con contemplaciones. Adiós a los amedrentamientos y digámoslo: todo el Partido Popular es sin duda un aquelarre de brujas. Quizá incluso el PSOE esté repleto de nigromantes.

Menos mal que usted y yo, querido lector, estamos del lado del bien. Como lo habríamos estado seguramente en Salem.

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