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All Star de salón

Aquí lo han leído. En el partido Este-Oeste de la NBA, el famoso All Star Game, se han metido más puntos, 318, que en ninguno de los precedentes, y van apenas 63 ediciones de la que antaño fue la gran fiesta del baloncesto.

Aquí lo han leído. En el partido Este-Oeste de la NBA, el famoso All Star Game, se han metido más puntos, 318, que en ninguno de los precedentes, y van apenas 63 ediciones de la que antaño fue la gran fiesta del baloncesto. Entre los dos equipos lanzaron 248 veces a canasta en 48 minutos: un tiro cada 11 segundos. ¿Cuántos de esos tiros fueron taponados por uno de esos ágiles, agresivos, superatléticos jugadores? Pues ni uno solo, oiga. La defensa ha desaparecido totalmente del All Star en los últimos años.

Nos dirán que así está bien, que para eso es una fiesta, para el espectáculo y la diversión. Es el gran regalo de despedida de David Stern, que se acaba de jubilar después de tres decenios a la cabeza de la primera liga profesional del mundo, con aquello de ‘showtime’ que popularizaron los Lakers de los años 80 como obsesión, como gran objetivo. Espectáculo y rentabilidad. Bueno, pues bien, deja una liga más próspera que la que se encontró el abogado neoyorquino. Pero en lo deportivo se ha pasado tres pueblos: inquieto por el estilo bronco, lento, que los Detroit Pistons impusieron hace un cuarto de siglo, Stern favoreció cambios de reglas que penalizan más los contactos y favorecen a los atacantes. Pero se está llegando al exceso opuesto, y el mayor de los excesos es el de este escaparate del All Star en el que abiertamente se invita a los jugadores a hacer lo que les viene en gana.

Por muy espectacular que quiera ser, un deporte que renuncie a la competitividad, a la pelea, deja de ser deporte. Es como comparar toreo con toreo de salón. Y no fue siempre así. Antes de Stern, el sano ‘pique’ Este-Oeste produjo algunos All Star memorables.

¿Volverán? No se apuesten el sueldo.

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