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Amami, Alfredo

"Cuente ya como lección póstuma del hombre de Estado: la nobleza impone renuncias que no perdona"

Foto: Pedro Puente Hoyos | EFE
Fue el llanto unánime de la política y el periodismo patrio y es normal e incluso bonito. En todo homenaje y en toda anécdota compartida traslucía la intención de dejar claro que «a mi también me quiso aunque fuese un ratito». Y bien está, digo, porque no hay mayor prueba de respeto hacia alguien que el querer que nos quiera. 
Y a pesar de eso, y quizás porque estamos en campaña, hay algo extraño en los elogios. En que siendo tan unánimes sean tan problemáticos. Decir como se ha dicho que era nuestro Fouché y decirlo como elogio parece que sincero, por ejemplo. O esa dedicatoria, esa ofrenda de la próxima victoria socialista que le ha prometido la ministra Calvo y que tanta crítica ha suscitado y que es normal y casi obligado. ¿No es lo que se espera en estas ocasiones? Se le podrá recriminar que no se las dedicasen en vida. O que no hablasen de él ni con él con el respeto que ahora aseguran que le tenían. ¿Pero no es lo que pasa siempre? Se le podrá pedir más, pero no creo que se le pueda pedir menos. Al fin, y aunque haya quedado ya claro que Rubalcaba fue ante todo un hombre de Estado, es decir de todos, tampoco no hay que olvidar que siendo de todos fue un poco más del PSOE que de los otros.
Y aquí está el problema. Dedicarle la victoria es lo mínimo que un socialista podría hacer para un hombre de partido, que lo hizo todo por el PSOE y, según dicen, por el Estado. Y en el particular caso de Calvo y los sanchistas, con lo que esto tiene de contrición, el gesto podría pasar incluso por nobleza; obligada pero aún así evidente. Saber perdonar, saber olvidar las discrepancias y las ofensas aunque sea por un rato, aunque sea en campaña, aunque sea por el bien del partido, es más digno de elogio que de crítica. Pero lo que demuestran los críticos es que para poder elogiar a Rubalcaba como hombre de Estado había que elogiarlo sólo como hombre de Estado. Que para poder ser de todos no tenía que ser de nadie. Que en estas ocasiones se impone un deber de cortesía y lo que en otro contexto sería normal e incluso decente se vuelve aquí entre sorprendente y obsceno. Las palabras de Calvo, esa dedicatoria que sólo pueden prometerle los socialistas pero ya no todos los españoles de bien, se aprovechan de una hipocresía que era obligada. Y deja así a sus adversarios doblemente en evidencia.  Cuente ya como lección póstuma del hombre de Estado: la nobleza impone renuncias que no perdona.

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