Sara Montero Minguez

Amar en los tiempos de SIDA

Has conocido al hombre de tu vida. O eso deseas. Han pasado otros antes y todos te salieron rana, así que esta vez vas a esforzarte más y vas a guardar ese carácter tan fuerte con tal de preservar la pareja.

Opinión

Amar en los tiempos de SIDA

Has conocido al hombre de tu vida. O eso deseas. Han pasado otros antes y todos te salieron rana, así que esta vez vas a esforzarte más y vas a guardar ese carácter tan fuerte con tal de preservar la pareja.

Has conocido al hombre de tu vida. O eso deseas. Han pasado otros antes y todos te salieron rana, así que esta vez vas a esforzarte más y vas a guardar ese carácter tan fuerte con tal de preservar la pareja. No estás siendo del todo sincero, pero no puedes decir la verdad. Contarle lo que te pasa supondría que te dejase, incluso, antes de poder conocerte mejor y enamorarse de ti. Si por el contrario, es algo temporal, tampoco te apetece que se entere. No se lo vas a ir contando al primero con el que te líes y te da bastante apuro que lo comente con alguno de sus amigos.

Ya han pasado seis meses y aún no has dicho ni una palabra, pero es que todo va demasiado bien. Ya te ha presentado a sus padres y tampoco has encontrado el momento. Además, no hay ningún peligro para él porque te aseguras de usar siempre protección. Él entenderá esa mentira piadosa cuando llegue la angustiosa conversación. El reloj juega en tu contra.

Hoy celebráis el primer aniversario. Quizá deberías decírselo esta noche mientras cenáis, es un momento muy emotivo y estará más receptivo. Te lo piensas dos veces. Mejor mañana. No quieres que el recuerdo de vuestro primer año juntos sea su cara de circunstancia.

Últimamente piensas en ello a todas horas. En el desayuno, la honda que forma la cuchara en el café es una proyección perfecta de tu mente. Por si no se ha disuelto el azúcar vuelves a darle más vueltas. Rápidas, compulsivas. Una y otra vez. La verdad te está asfixiando. Tampoco tienes que sentirte culpable, no se lo has contado a tanta gente. Tus padres no lo saben. Se morirían de pena. No pudiste decirles que tienes una enfermedad transmitida por vía sexual. Su hija mediana, que ha sido siempre tan ejemplar. No hay ninguna forma razonable de que no se sintieran estafados, así que optaste por el camino cómodo para ellos.

De tu círculo más íntimo solo se lo contaste a Verónica y a María, son las únicas personas en las que creías que ibas a encontrar comprensión. La gente es mucho más solidaria en la tele que viviendo con el enfermo en casa. Al menos eso crees tú. Otras veces piensas que no pasaría nada si lo comentases. Nadie se asustaría y tu vida sería tan normal como hasta ahora. Lo descartas rápido. Eso es solo el 50% de las posibilidades, así que decides no arriesgarte. No quieres que te dejen de dar besos, ni abrazos, ni que se preocupen si se confunden con tu vaso, aunque no sean formas de contagio en esta enfermedad.                                

Ya lleváis siete meses viviendo juntos. Es insoportable, así que, con lágrimas en los ojos, se lo dices. No se lo ha tomado nada bien, no la enfermedad, sino la mentira. O eso dice él porque tú desconfías. Te ha dicho que necesita tiempo y no ha vuelto. Vuelves a estar solo frente a la televisión pensando que esta vez sí has perdido al hombre de tu vida y te prometes que no volverás a cometer el mismo error nunca más.

El peor enemigo de los seropositivos en los países desarrollados no es la muerte, es el silencio.

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