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Amar y odiar los gimnasios

Foto: Kim Hong-Ji | Reuters

En una sala enorme, varias hileras de hombres y mujeres sudan y bufan. Corren, pero no avanzan, empujan y nada se mueve. Una música aberrante (un ritmo industrial) marca el compás del ejercicio. El lugar no tiene ventanas sino unos grandes conductos de ventilación. No hay relojes.

Sé que he encontrado un lugar propicio para la literatura cuando puedo describirlo de modo que parezca un círculo del infierno o aquel lugar del inframundo donde Sísifo arrastraba el pedrusco. Siempre he sospechado de los deportistas: gente que consagra su vida a hacer lo mismo que hizo otro antes, pero un segundo más rápido. El deporte profesional es muy útil para promocionar tu Reich o para medírselas en la Guerra Fría. Por lo demás, no sirve para nada: hay que ser muy necio para creerse el cuentecito de la transmisión de valores, de los referentes morales y tal (¡por Dios, es gente que corre y salta!). Pero yo me he apuntado al gimnasio, no a un centro de alto rendimiento. La opción pequeñoburguesa, la opción de barrio. Tengo como defensa una razón coronaria y volumétrica. Cada día voy y me monto en una cinta, luego en unos zancos extrañísimos y finalmente remo en una máquina en seco. Después tengo que tirar de poleas, levantar mancuernas y otras cosas tediosísimas.

Un entorno tan singular exige a unos moradores bien particulares. Es fácil distinguirlos porque se reconocen entre ellos. Tienen conversaciones fascinantes: que si han visto un nuevo ejercicio para fortalecer vaya usted a saber qué fibra interior recóndita, que si tal batido es buenísimo porque sustituye la comida de todo un quinquenio… Intento adivinar qué vida tienen fuera de aquellas salas, a qué se dedican, de qué otras cosas hablan. Me parece un misterio insondable. Coincido con un tipo medio calvo que se pinta el cuero cabelludo: debe ser muy astuto. También con una señora que cuando se pone a correr la melena se le carga de electricidad estática y termina como un diente de león. Pero mi ceremonia favorita son las clases(de zumba, de spinning y otras materias sesudas).

El espectáculo de una habitación rellena de gente esforzándose mucho por complacer a un monitor, un sargento de hierro en mallas. «Vamos, tú puedes, no te rindas». «Supera tus limitaciones». Otras gansadas así. Todos ellos, puestos en filas, haciendo lo mismo, producen la visión aterradora del adocenamiento. Una sordidez vagamente sadomasoquista.

Y aquí estoy yo, tumbado bocarriba, sobre un banco rosa, mirando un techo de placas de yeso y fluorescentes, mientras agito unas pesas en el aire como un cretino. ¿Cuándo condescendí con este fascismo venido a menos? ¿Por qué me contorsiono así?

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