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Amigo y enemigo

La fascinación por Carl Schmitt recorre con su sombra la integridad del siglo XX. Como todos los pensadores peligrosos, su ideario no resulta neutral sino que respira la esencia misma de la política, que es animal. Schmitt consideraba que, en política, la principal distinción se perfila en torno a dos conceptos opuestos, prácticamente antagónicos: el de amigo y enemigo, que pugnan sin descanso por el control del poder. Schmitt no creía en la democracia liberal ni en el parlamentarismo, sino en los anclajes del orden y la autoridad. Pensaba con Jünger que “el proceso que nosotros definimos como modernidad consiste sobre todo en la disolución del Mal. Por lo tanto, para nosotros, todos los amoralistas son particularmente modernos…”. Fue un jurista extraño e inquietante que soñaba con un nuevo orbe católico y que terminó sirviendo al nazismo. Las ambigüedades y las contradicciones, sospecho, sustancian la vida.

Pero, si hoy seguimos hablando de Schmitt, es por la actualidad de algunas de sus ideas. La que cifra, por ejemplo, en el control efectivo del espacio y no en el valor relativo del tiempo, una de las claves de lo político. Para el pensador alemán, sin el ejercicio pleno de la soberanía, cualquier espacio virgen resulta por definición una geografía peligrosa. Así sucedió, hace cinco siglos, cuando los océanos se volvieron navegables y la guerra entre países se trasladó también a los mares. Schmitt, sin duda, sostendría que algo similar puede suceder en este gran espacio por descubrir que es Internet.

Por si acaso, el Pentágono ha decidido actuar con la misma lógica y contratar a los piratas del siglo XXI –la elite anónima de los hackers– para que pongan a prueba las grietas de la seguridad nacional americana –que son muchas-, antes de que lo hagan otros. O, precisamente, porque otros ya lo están haciendo. La nueva guerra fría se combate en el ciberespacio.

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