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Andalucía: Cuando el tiempo nos alcanza

Foto: Jose Manuel Vidal | EFE

Emilio Casinello, comisario general de la Expo 92 de Sevilla, contaba la anécdota de un alto ejecutivo de IBM, que ante la inminencia de la inauguración de la muestra, decidió tomar un taxi y recorrer los alrededores de la calle Torneo para cerciorarse de los trabajos. Sorprendido por la cantidad de operarios que se afanaban en acabar las tareas de adoquinado, el informático buscó una respuesta tranquilizadora: ¿estará todo acabado para la inauguración?, preguntó. Se suele atribuir a los taxistas el dominio de una sabiduría urgente, casi congénita, enciclopédica. El conductor urbano, fuente autorizada como todos los de su gremio, contestó: “No estará ni para la inauguración ni para la clausura”. Tras los resultados del 2D, el PSOE andaluz – que prestó durante años al PSOE nacional las señas de identidad que Felipe González, Alfonso Guerra y otros de su generación procuraron con abundancia – ha llegado tarde a su propia clausura. Cuarenta años de Gobierno socialista en Andalucía coinciden con la mitad de la existencia estadística de uno cualquiera de sus habitantes. A no ser que el clima de Sierra Morena, los piononos de Santa Fe, las aguas del mar salado de Cádiz o las saludables de Lanjarón acaben multiplicando la esperanza de vida por tres. No lo parece.

Guerra tituló la primera parte de sus memorias “Cuando el tiempo nos alcanza”, título extraído del Ocnos cernudiano, en el que se contiene esta reflexión dolorosa: “Llega un momento en la vida, cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien). Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre ha vivido alguna vez libre del aguijón de la muerte”. En la efervescencia de estas horas luctuosas, de verbenas de cortes de manga y exabruptos revanchistas, de desolación para esta última esquina socialista, mejor tratar de explicar cómo y por qué el sortilegio ha durado cuarenta años. O casi cuarenta años porque aquí todo, ya se sabe, acaba redondeándose.

Siempre es recomendable el libro de Víctor Márquez Reviriego, El Desembarco Andaluz, donde se detalla el descaro, la seguridad y la seducción con los que los socialistas reinventaron un partido, orgulloso de su pasado (?) y lisonjero con el futuro. A Márquez Reviriego, Felipe, el hijo de un vaquero de Bellavista, le explicó que la mitad de sus conocimientos políticos los había adquirido observando a los tratantes de ganado con los que comerciaba su padre. Con la listeza y el conocimiento del terreno por delante, el PSOE-A demostró su oficio patrimonializando industrialmente la bandera andaluza, al punto confundida, como en un barco de corsarios, con la bandera de los socialistas. La raíz sentimental se regó abundantemente, con la graciosa participación de patronales, sindicatos y organizaciones que mientras debían velar por la democracia se dedicaron a poner farolillos y guirnaldas. El PSOE andaluz suministró con prestancia mediática un hermoso cuadro de costumbres y vivencias, luchas contra los poderosos, “los de los apellidos largos” (Guerra). Luego, claro, la “negligencia saludable” del presupuesto público. Una comunidad con nueve millones de habitantes que no ha dejado de ser región Objetivo 1 para Europa, siempre a la cola, con muchachos de remplazo neutralizados por una hipótesis política que fomentó el conformismo, el desdén, la parsimonia y un parcheo de ayudas sociales. El andaluz percibía la fortuna de vivir en una tierra prometida, bendecida por los rayos del sol y a la que sólo había que añadir una silla de playa y una jaula con un canario. Se dilapidaron fondos, se cosecharon los peores resultados en educación, la sanidad ofreció un servicio lleno de carencias, advertidas por profesionales y usuarios mientras la presidenta hablaba del blindaje de la joya de la corona. Los cursos de formación y los ERE, reconocidos por el propio parlamento como nulos de pleno derecho, fueron primeras marcas comerciales de la corrupción, artefactos mediáticos que ya coparon el mercado en las elecciones de 2012, aquellas que perdió Javier Arenas ganando con 50 diputados, a 5 de la mayoría. Las primeras decisiones de la consejería de Trabajo con respecto a los ERE comienzan en 2001 y aunque participaron con encomio la administración regional, los sindicatos, alcaldes, concejales, consejeros, aseguradoras y empresas dignas de toda confianza, no llegó a intuirse su dimensión hasta los albores de la década siguiente. “Nadie conoce a nadie”. Silencio en la oposición y en los Gobiernos del PP en España, cuando los hubo, que toleraron que Andalucía fuera un recinto amurallado con gentes dignas de toda desatención. Al primer presidente de la Junta de Andalucía, Rafael Escuredo Rodríguez, le gustaba contar esta anécdota negra: dos vecinas de su pueblo se encontraban de cuando en cuando por la calle. Una siempre le preguntaba a la otra, ‘Y tu marido, ¿qué, ahí sigue, verdad?’. ‘Sí, ahí, sigue’, contestaba lacónica la segunda, sabiendo que su marido estaba enterrado desde hacia años. El PSOE hizo presidente a Escuredo (1979-1984), a José Rodríguez de la Borbolla (1984-1990), a Manuel Chaves González (1990-2009), a José Antonio Griñán Martínez (2009-2013) y a Susana Díaz Pacheco (2013-…) quien ha llegado a esta estación de penitencia con una raquítica producción parlamentaria y con las cicatrices – hay cicatrices con las que resulta más difícil convivir que con las heridas – de su ambición personal. Quizá, quién sabe ya, confiada en que el bosque de adormideras la mantendría en Palacio otros cuatro años más. “¡Lo que nos saldrá en el camino!”, advertía un viejo maestro del periodismo.

Ante la aritmética de las elecciones andaluzas se ha elevado un nuevo andamiaje de poder. Un gobierno presidido por Juan Manuel Moreno (PP, 26) con el acopio casi parejo e incómodo de Ciudadanos (21) y la vigilancia rampante de Vox (12). Tres adversarios para procurarse una suma por encima de los cincuenta y cinco diputados de vellón. Y entonces, llegaría el cambio a la única comunidad donde no lo ha habido desde la Transición.

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