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Andalucía: el cambio y la resistencia

Juan Manuel Moreno salía en Twitter abriendo una ventana, como una Blancanieves de oficina, proclamando la llegada del Cambio entre un olor que uno imagina de sol mentolado y sábanas recién hervidas, como la mañana de las criadas. En Andalucía no sólo ha cambiado un partido o un gobierno, ni las colchas gordas de cuarenta años, colchas de abuela, colchas con orinal debajo, los orinales con dosel de las abuelas, todo eso que tenía allí el PSOE andaluz. Lo que ha pasado, y lo que irá pasando, no se puede explicar como un simple relevo de siglas ni de mayordomos.

No era sólo que en Andalucía nunca hubiera gobernado la derecha, que viajaba lentamente al centro por sus caminos de ganadero (“¿de dónde vendrán éstos, que todavía no han llegado?”, le gustaba decir a Alfonso Guerra). No. Es que ni siquiera el PSOE de después de Felipe consiguió bajar de Despeñaperros. Mientras Almunia agonizaba, mientras Zapatero sonreía como con una pedrada de dibujos animados entre las cejas, mientras Rubalcaba ordeñaba pobremente sus ojeras, mientras Sánchez se hacía con el poder marineramente, el PSOE andaluz seguía a lo suyo, con su propio sentido de partido, de la política, del Estado y del negocio.

El PSOE andaluz funcionaba con otros parámetros y otros objetivos. Creó un socialismo sin socialismo, una política sin política y un progresismo sin progreso. En Andalucía no sólo no calaban los argumentos económicos, es que no calaba siquiera la realidad, que se sentía pero se negaba. El pobre no es que se hubiera contentado con ser pobre, es que había llegado a considerar el ser pobre una ventaja, para la ternura o para la calderilla fácil. Más que a los retos de la gobernanza y de la administración, el nuevo gobierno andaluz se enfrenta a una cultura de la menesterosidad y la pillería. Es como querer borrar a los ciegos de iglesia del Siglo de Oro, de repente, cosa que haría que se cayeran las propias catedrales, la propia religión, la sociedad toda como un barracón podrido.

El barbecho de Andalucía no era sólo económico, sino cultural y sociológico. Moreno y su gobierno, PP y Cs en alianzas equilibristas o de reojo, tienen que volver a inventar la política y casi inventar otra vez al andaluz, que está ahí entre el joterío de Canal Sur y el ayuntamiento que le da un azadón para hoyar la plaza que no necesita ser hoyada; que está aún entre el enchufe del niño y el negociete con mordida. Y el que no está así, el valiente que osó otra cosa, sólo tenía en la Junta y en la calle problemas y enemigos. Suena a la sociología del franquismo, con los clanes del PSOE haciendo de curas o jefes del Movimiento, gordos de ofrendas, sobaos y revanchas, pero es que no ha habido nada más parecido al franquismo que el socialismo andaluz (salvo quizá el pujolismo). A la herencia de ese aberrante franquismo progre, sin parangón en España, se enfrenta Moreno, que ha empezado por abrir una ventana ante un cielo que está aún como lleno de pajarracos de Hitchcock más que de jilgueros de Blancanieves.

En Andalucía habrá una resistencia por inercia, inercia social, de pura muela de molino. Pero además habrá una resistencia activa, la de los que se han quedado sin ganga o sin chusco, o los que temen que les pueda ocurrir eso durante la mudanza o más tarde. El PSOE andaluz, de los jefes al último peón, obligado a pastar del ayuntamientito y de la diputacioncilla, despidiendo al chófer y al de la marisquería, queridos y habituales como el churrero o el quiosquero; los enchufados de las mil agencias, fundaciones, consorcios, observatorios, chiringuitos; los beneficiarios de migajas y caramelitos chupados de la Junta; todos ellos formarán una guerrilla en las administraciones, en los cafés del mediodía del funcionario, en las reuniones de Apas, en los gineceos culturetas o en la calle, ya sin toldo socialista.

Susana, que es como una zarina en el exilio, primero dedicó una carta apostólica a los andaluces advirtiendo de que les iban a arrebatar sus derechos y hasta su paguita, y luego mandó rodear el Parlamento no de feminismo ni de obrerismo, sino de puro ruido de estómagos y cajones vacíos. Es sólo un aviso de lo que tiene planeado hasta su vuelta, su parusía, a la que Susana no renuncia, de momento, a la espera de que Sánchez decida rematarla mandándola al mueble bar del Senado, a un ministerio maría o a una oficina de embalajes de Europa o Nueva York.

A Andalucía la miran como un experimento político nacional, el pacto de las tres derechas, cómo puede funcionar sin magulladuras, sin rubor o sin cuernos, y si acaso el centro derecha haciendo bien las cosas es capaz de hacer pasar de moda esa derechaza de Vox que consiste básicamente en roncar como un legionario. Pero para Andalucía, para los andaluces, se trata de ver si se puede entrar, no ya en la modernidad, sino en la normalidad política y socioeconómica de España y Europa, después de un como feudalismo paternalista y mísero, de una Edad Media beata y tuberculosa, llena de superstición, abusos, mellas y cebolla. Una normalidad que incluye el cambio del propio PSOE andaluz, de mera máquina de mitología y autoengorde a lo que pueda quedar de la posibilidad de una socialdemocracia avanzada. Es un cambio enorme, un cambio que encontrará toda la resistencia de los viejos poderes, roñas y perezas. Juanma Moreno va a tener que abrir muchas ventanas, muchas puertas y muchos ojos.

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