José Carlos Rodríguez

Ángela

Dicen de Dios que sólo sabe contar hasta uno. Tal es su grandeza. Nosotros podemos llegar a ser tan pequeños como los dictadores, que cuentan a las personas por millones. Él no, me dicen esperanzados quienes en él creen. Nos tiene a todos en cuenta como si fuésemos el comienzo y el fin de todo. En cierto modo, cortada por las aristas de la razón, esa misma idea es la que expresó Kant al decir que cada individuo es un fin en sí mismo. Pero Kant sólo perfiló una teleología razonable, mientras que las matemáticas de Dios están llenas de amor; un álgebra que debe de anegar de consuelo a quienes la entienden, o la profesan.

Opinión

Ángela
José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

Dicen de Dios que sólo sabe contar hasta uno. Tal es su grandeza.
Nosotros podemos llegar a ser tan pequeños como los dictadores, que
cuentan a las personas por millones. Él no, me dicen esperanzados
quienes en él creen. Nos tiene a todos en cuenta como si fuésemos el
comienzo y el fin de todo. En cierto modo, cortada por las aristas de
la razón, esa misma idea es la que expresó Kant al decir que cada
individuo es un fin en sí mismo. Pero Kant sólo perfiló una teleología
razonable, mientras que las matemáticas de Dios están llenas de amor;
un álgebra que debe de anegar de consuelo a quienes la entienden, o la
profesan.

Esa cuenta incluye a la pequeña Ángela; quiero pensarlo así. La
encontraron en una maleta, como un pequeño testigo de la crueldad
humana. Un objeto para que la ciencia forense determine la causa de su
muerte (un fuerte golpe en la cabeza), su edad (18 meses mermados por la desnutrición), y los restos de un deseo retorcido, incomprensible.
Porque la mente de una niña de año y medio es incapaz de asumir, de
entender siquiera, la medida de la maldad extrema que puede alcanzar
un ser de nuestra especie. Lo sé bien porque a mí me ocurre lo mismo.
Su asombro es el mío. No he madurado lo suficiente como para
comprender algunas de las acciones de los hombres, ni quiero hacerlo.

Nadie ha reclamado al pequeño cadáver. En la Ciudad de México, el
precio de la vida no va más allá de lo que cuesta cualquier afán
cotidiano. La muerte pasea con la cotidianidad de los gatos
callejeros. Quizá la niña sea el cobro de una venganza insatisfecha,
voraz. Espero que su descanso sea tormento de sus asesinos.

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