Jorge San Miguel

Animación suspendida

«El recurso de la animación suspendida se está aplicando con fruición en el país desde hace unas temporadas»

Opinión

Animación suspendida

En los tebeos antiguos había un recurso que se llamaba «animación suspendida». Por ejemplo, Superman se tiraba 300 años en «animación suspendida» en una cabina transparente, y cuando despertaba descubría que toda la gente del futuro tenía superpoderes. El invento venía de la ciencia ficción pulp, como buena parte de los topoi del género de superhéroes, y se ha seguido usando profusamente en la ciencia ficción «seria» -los dos ejemplos más conocidos, hermosos y opuestos, por Kubrick y Ridley Scott.

No sabemos si en el gobierno de progreso hay grandes aficionados a la ciencia ficción. El único que nos informa puntualmente de su dieta audiovisual es el vicepresidente Iglesias, que parece decantarse más bien por el entretenimiento político. A Redondo le gusta Sorkin, o eso nos quiere hacer creer; podría ser simplemente otra maldad de las suyas. En fin, que no sabemos, pero lo que sí sabemos es que el recurso de la animación suspendida se está aplicando con fruición en el país desde hace unas temporadas.

Tomemos los ERTEs: trabajadores y empresas en animación suspendida, en una hibernación o limbo entre el paro y la actividad, entre la supervivencia y la quiebra. Si no fuera por los ERTEs, el paro andaría en estos momentos por las cumbres de 2012 o más arriba. Gracias a este recurso narrativo tenemos en su lugar parados y quebrados de Schrödinger y podemos abrazar la fantasía de que todo va a salir bien: que unos y otros emergerán del sueño como la teniente Ripley y no como los desdichados astronautas de la Discovery One, cuya vida se apaga en los sensores mientras el ojo de HAL nos contempla. Lo cierto es que a estas alturas de julio cabe sospechar que nos toque a todos entrar y salir varias veces del ataúd de Nosferatu mientras la ministra del ramo se sigue poniendo medallas por la reforma laboral que vituperaron, y mientras el único negocio superviviente en España es la venta de camisetas de Simón -esta semana ya ha dejado otro par de frases para la Historia. La ópera espacial ha devenido peli de zombis.

La vida universitaria tiene sus hibernaciones también. A veces se diría que es toda ella hibernación; que vive, vetusta, en una nada heroica siesta. Estudiantes que posponen sine die su incorporación al mercado laboral, que trabajan incluso con denuedo en ciertas facultades contra la incorporación; y profesores e investigadores en la rueda de una carrera precaria que los condena a una especie de adolescencia perpetua y brutal, de la que con suerte se despiertan de golpe a los cuarenta y tantos, o nunca, y casi siempre averiados. El limbo mental en que vive la universidad tiene su correlato en la estolidez de la conversación nacional. Algunos intentamos en su momento que los investigadores tuvieran voz en la esfera pública, pero me temo que lo que se ha trasladado finalmente no era el conocimiento particular sino las neurosis personales y los sesgos de clase. El ser social determina la conciencia, y tal.

El retrato de la suspensión nacional no estaría completo sin hablar de la política, por supuesto. Todos tenemos nuestra responsabilidad. Llevo dos años escribiendo que seguimos con los presupuestos de Montoro, pero es que seguimos con los presupuestos de Montoro. Ayer tuvo que salir Montoro a decir que a ver cuándo aprueban otros: se ve que le empieza a pesar la posteridad. El Congreso lleva un lustro sesteando porque no hay mayorías para construir nada, sólo para arramblar; y porque el veneno del espectáculo que hemos inoculado durante una década no permite más que astracanadas. La política se hace en los dúplex, y las cámaras legislativas están para que los diputados tengan dónde quedarse entre tele y tele. En el eterno retorno de la nada en que vivimos hemos debatido sobre Franco y sobre el Estado de Israel, nos hemos opuesto mucho a la violencia de género, estamos a favor de las tortugas y en contra de las pajitas de plástico, pero todos los problemas más urgentes del país siguen intocados desde 2013. Bueno, todos no: lo de las pensiones ha ido a peor después de la última rebatiña. Pero no pasa nada, porque nos han dado un morterada «a fondo perdido», como repiten sin cesar los sicofantes impresos y digitales, y el gobierno ya puede dedicarse a no hacer nada -esto lo han dejado escrito casi tal cual en el diario.

No se me malinterprete: yo estoy a favor de la inacción en lo privado y cada vez más en lo público. Más aún después de estos años de vano intento reformista. Simpatizo con Oakeshott cuando nos advierte de que la nave no tiene más rumbo que mantenerse a flote, e incluso con el Keynes que se mofa del largo plazo. Simpatizo con el Tao, con el dharma y hasta con Fernández de la Mora. Lo que se me atraganta es esta mezcla de congelación de lo sustantivo y aceleración de todo lo demás a beneficio de la troupe de Sánchez. Vamos a tener otra ley de memoria histórica antes que unos presupuestos de crisis, y seguiremos comentando la masculinidad no tóxica de Simón mientras vamos actualizando sin prisa la cuenta de los muertos y los parados averiguan si pueden cobrar el paro. Y algún día alguien despertará de la hibernación y tropezará en las arenas del solar con los PGE de Montoro o con el pétreo rostro de nuestro Ozymandias de El Viso.

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