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"A nadie le extrañe que el Gobierno haya decidió untar con 15 millones de euros a las televisiones privadas con el fin de que sigan entreteniendo al personal"

Pedro Sánchez es una construcción televisiva. Un hombre con su porte y su carencia de discurso (relato, prefieren ahora los entendidos en la cosa) gusta a un medio que ha tenido siempre más que enseñar que decir. No en vano, apenas hace cuatro años, cuando dimitió y entregó el acta de diputado, Sánchez se apresuró a entrar en el confesionario que Jordi Évole le había improvisado en laSexta. Allí, con la copa amarga de la derrota pasajera distraída entre manos, el político profesional se trasmutó en un tierno y abnegado idealista recién salido de una filme de Frank Capra. Gracias a sus dotes interpretativas, sumadas a una granítica falta de principios y palabra, el actual presidente del Gobierno se hizo con el cándido voto de aquellos que creyeron cierto el tono susurrante y lastimero del muchacho mancillado por sicarios del Ibex 35.

No le va a la zaga en habilidades catódicas el vicepresidente Iglesias, que no hace mucho tiempo nutria el irritado pelotón de tertulianos vocingleros en esos cuchitriles episcopales u opusdeístas destinados a recordarle al (in)vidente sonámbulo que las guerras no se ganan en balde, que ochenta años no es nada y que volverán los buenos tiempos otra vez.

Con tal hoja de servicios a nadie le extrañe que el Gobierno haya decidió untar con 15 millones de euros a las televisiones privadas con el fin de que sigan entreteniendo al personal pese a la sangría publicitaria imparable. Creía yo sin embargo que la izquierda tenía una mínima sensibilidad social y sincera preocupación por la res pública. Será tal vez cosa de estudios de audiencia y estrategias de marketing político. O sea cualquier ocurrencia que anteponga el frenesí mendaz de cataclismos matutinos o la grosería histérica de sobremesa a una información responsable y verídica. Ya se sabe que el ruido y el miedo son entertainers infalibles.

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