Pablo Mediavilla Costa

Animales que sueñan

La noticia me llenó de una felicidad imprevista: un disco perdido de John Coltrane. No un pastiche de grabaciones o de versiones alternativas, no un recopilatorio ni una versión de lujo de algo ya conocido, sino un disco entero, abandonado durante años en el fondo de armario de los estudios Van Gelder de Nueva Jersey. Sentí algo muy parecido al spleen burgués de Amanda Petrusich en las páginas de The New Yorker:

Opinión

Animales que sueñan
Foto: Gelderen, Hugo van/Anefo
Pablo Mediavilla Costa

Pablo Mediavilla Costa

Periodista. Hace un tiempo decidió acompañarse de una cámara. Madrileño nacido en Barcelona, un rato fue neoyorquino, aunque siempre mediterráneo.

La noticia me llenó de una felicidad imprevista: un disco perdido de John Coltrane. No un pastiche de grabaciones o de versiones alternativas, no un recopilatorio ni una versión de lujo de algo ya conocido, sino un disco entero, abandonado durante años en el fondo de armario de los estudios Van Gelder de Nueva Jersey. Sentí algo muy parecido al spleen burgués de Amanda Petrusich en las páginas de The New Yorker: «Durante todo el verano, los titulares han tenido a la gente deprimida. La vida parece fea y difícil: niños encerrados en celdas, jóvenes y queridas figuras se suicidan, y así. Música nueva de un auténtico visionario americano –quien, según todos los relatos, era un hombre amable, elegante y espiritual– nos ha dado un rayo de esperanza. ¡Algo puro en un mundo podrido!».

Cogí a la mitad Untitled Original 11383 en Radio 3 y supe que era Coltrane. No hay otro músico al que pueda identificar así de rápido y de seguro. La urgencia, belleza y complejidad de su saxo son inequívocos. No hay error posible. Sonny Rollins, uno de los pocos gigantes del jazz que todavía se mantiene en pie, ha dicho que el disco es como «encontrar una nueva sala en la Gran Pirámide». La metáfora es precisa y apela al enigma que se esconde tras cada artista genial.

El título que le han puesto, Both Directions at Once: The Lost Album, es también preciso. El jazz suena en mi cabeza de forma espacial: el sonido se mueve hacia arriba, a los lados, se estira, se contrae o, como en Coltrane, puede ir en dos direcciones a la vez. No encuentro palabras para explicarlo mejor. Coltrane, por la fonética de su apellido y su avasallador saxo, tenía el sobrenombre de Tren. Un tren cuántico, elástico, sin tiempo, imparable.

En la entrada del 15 de febrero de 2005 de Adiós a casi todo, el último volumen de diarios publicado tras su muerte, Salvador Pániker anota la caracterización que John Gray hace de los humanos: animales que sueñan. Es una imagen de gran belleza, aunque cabría añadir que no es la capacidad de soñar, sino el empeño en materializar esas ensoñaciones lo que nos diferencia del resto. Coltrane parece perdido en un sueño cuando toca, una de esas pesadillas no demasiados terribles en las que vamos demasiado lentos o caemos por un precipicio justo antes de despertar.

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