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Animales

Foto: Lefteris Pitarakis | AP

Desde que el filósofo británico Jeremy Bentham lanzase la pregunta fundacional del animalismo moderno allá por 1780, algo hemos avanzado: cada vez son más los seres humanos conscientes de que el animal, aunque no habla, sufre. Desde luego, sufre cuando se le hacina o mantiene en condiciones de inmovilidad, total o parcial, en beneficio humano; igual que sufre cuando se le mata con idéntico fin. Y aunque a menudo empleamos la palabra “sacrificio” para designar esta acción, parece difícil encontrar ecos religiosos en el sistema alimentario industrial. De ahí que sea ciertamente un avance que nuestro Código Civil, en línea con la legislación de algunos otros países, esté a punto de retirar el tratamiento de “cosas” que venía dispensando a los animales, para reconocerlos en cambio como “seres sentientes”. No solo honramos así el conocimiento científico sobre la sensibilidad animal acumulado en los últimos tres siglos, sino que sentamos las bases para la moralización de nuestras relaciones con el mundo no humano. Si nuestra especie sigue en pie dentro de tres o cuatro siglos, sus miembros sentirán espanto ante el modo en que nosotros, los contemporáneos, tratamos a los animales.

Se trata de un tema incómodo. El sufrimiento animal es la siniestra cara B de los placeres culinarios: matamos y comemos. Pero también del aumento sostenido de la población mundial y, en los albores de la especie, del aumento del cerebro humano que -andando el tiempo- ha hecho posible que yo escriba esto y usted lo lea. En la relación humana con los animales, en fin, es difícil hacer las cosas bien: acabar con todas las formas de explotación es seguramente imposible. Pero eso no significa que no podamos hacerlas mejor.

Hacerlas mejor supone, para empezar, prescindir de aquellos empleos del animal que denotan un capricho humano. O sea: una plusvalía de crueldad de la que podríamos fácilmente prescindir sin merma alguna de nuestro bienestar. Por ejemplo: ¿de verdad tenemos que seguir ingiriendo “corderos lechales”, crías de cordero arrancadas a sus madres solo para que la carne resultante se deshaga en nuestra boca? ¿Necesitamos tener pájaros encerrados en pequeñas jaulas, privados de la posibilidad de emprender el vuelo, a fin de que ocasionalmente reparemos en su presencia? ¿Deben los circos incluir espectáculos con animales, condenados éstos a una existencia miserable en contenedores transportables? ¿Y qué hay de los coches de caballos para turistas? ¿Qué ganamos manteniendo a esos nobles animales en pie durante días enteros, inmóviles junto a la acera, a la espera de que un grupo de turistas holandeses decida dar una vuelta por el llamado centro histórico? Sobre la tauromaquia y demás festividades populares que incluyen la caza o el maltrato de un animal, por lo demás, ya está todo dicho.

Nada perderíamos abriendo los ojos a estas -y otras- inútiles formas de dominación humana: más parecen un residuo de otros tiempos que el fruto de la sociedad del conocimiento. Y aunque ninguna de esas posibles reformas pide demasiado, en cambio lo son todo para los animales que sufren por su causa.

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