José García Domínguez

Anne Hidalgo, la última mohicana del PSF

«Anne Hidalgo, que enarbola banderas rojas, es alcaldesa de un municipio donde el precio medio del metro cuadrado en centro ronda los 10.000 euros»

Opinión

Anne Hidalgo, la última mohicana del PSF
Foto: THOMAS SAMSON| AFP
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

De Anne Hidalgo, la ya flamante candidata de los socialdemócratas franceses al Elíseo, siempre se recuerdan sus muy humildes orígenes en la Andalucía profunda, la del paro crónico y la pobreza estructural, pero poco se repara en que su personal feudo, París, la última trinchera de algún relieve que aún retiene el Partido Socialista, remite a uno de los espacios urbanos más poblado por millonarios y profesionales de la élite empresarial que existe no sólo en Europa, sino en el mundo todo.

Así, la nueva cabeza de cartel de la vieja izquierda gala clásica, la que todavía enarbola banderas rojas en su actos públicos mientras el auditorio entona por rutinaria costumbre los sones de la Internacional, resulta ser alcaldesa de un municipio donde el precio medio del metro cuadrado en los barrios del centro ronda los 10.000 euros (en los distritos de la periferia, los teóricamente más populares, el mismo metro cuadrado cuesta solo 7.200 euros). Dicho de otro modo: la inmensa mayoría de los votantes de la izquierdista Anne Hidalgo habitan en pisos cuyos precios de compra oscilan entre el millón de euros, lo que vale uno de cien metros en el centro, y los 720.000 euros por los que ahora mismo se puede conseguir uno «barato» en los distritos más periféricos. De eso estaremos hablando, y conviene no olvidarlo nunca, siempre salga a colación la izquierda francesa del tiempo presente.

Un simple dato estadístico, el de los valores inmobiliarios en el municipio donde gobierna la aspirante Hidalgo, que, y solo por sí mismo, refuta el lugar común tan universalmente compartido según el cual los de abajo votarían por norma a la izquierda, mientras que los de arriba lo harían a la derecha. Bien al contrario, en la Francia contemporánea los pobres, los pobres de verdad, votan en masa a la extrema derecha, esto es, a Le Pen. En sus antípodas, Hamon, el anodino candidato socialista en las presidenciales que ganó Macron, apenas atrajo al 12% del electorado perteneciente a las clases populares; únicamente a esa mísera insignificancia estadística, un 12%. Por lo demás, basta con ver las imágenes televisivas de la revuelta intermitente de los chalecos amarillos para intuir que lo que en verdad yace tras la mutación tan radical de las lealtades partidistas tradicionales que ha experimentado Francia es la ruptura del contrato social sobre el que se asentaba la adhesión de las clases medias, ahora en rápido declive, al orden político clásico, el nacido en la posguerra. El que había sido el mayor partido socialista de Europa – en compañía el SPD alemán- ya cató la definitiva humillación de la irrelevancia en términos nacionales en las anteriores presidenciales, cuando su lista quedó no sólo fuera de la segunda ronda, sino en el último lugar.

Una debacle en las urnas que previamente se había producido, y con idéntica intensidad, entre la militancia. Al punto de que el PSF ha pasado de contar con más de 280.000 afiliados, cifra de los que portaban su carné en 2006, a menos de 100.000 en la actualidad. Todo un apocalipsis silente. Si bien no es un problema de personas; tampoco, por cierto, de programas políticos. Ocurre que Francia ha sufrido desde la implantación del euro una peripecia no tan distinta a la española. También ellos se han visto forzados a desmantelar el grueso de su industria nacional ante la imposibilidad manifiesta de competir de igual a igual con el Norte. Otro prosaico indicador, en este caso macroeconómico, lo corrobora. Véase que en tiempos de Mitterrand, poco antes de la unión monetaria, el déficit comercial de Francia con la Alemania que entonces se decía occidental sumaba unos 28.000 millones de francos. Treinta años después, y medido en francos constantes, aquel déficit se ha multiplicado nada menos que por cuatro, hasta alcanzar unos 110.000 millones. Por un lado, desaparecen los buenos empleos industriales que habían nutrido el caladero histórico de la izquierda; por el otro, y de forma simultánea, la irrupción en escena de una oferta de mano de obra baratísima e infinita, la sobrevenida con las migraciones y la globalización. Dos enmiendas radicales a la totalidad de sus recetas canónicas frente a las que los socialistas franceses, tampoco los franceses, tienen nada que contraponer, absolutamente nada. No, yo no apostaría un duro por Hidalgo.

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