José García Domínguez

¿Ante el final de los paraísos fiscales?

«Huelga aclarar que Delaware es exactamente lo mismo que una isla-guarida del Pacífico, pero sin isla ni Pacífico, solo la guarida a secas»

Opinión

¿Ante el final de los paraísos fiscales?
Foto: Wikimedia Commons
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

El propósito de implantar un tributo mínimo global a fin de evitar que las grandes multinacionales sigan gozando de idéntica consideración jurídica que el alto clero y la nobleza de sangre durante los siglos que duró el Antiguo Régimen, estamentos ambos que como es sabido se dotaron del privilegio de estar exonerados de pagar impuestos por mor de su alcurnia, ha creado la muy improbable expectativa de que podríamos estar asistiendo al ocaso de los llamados paraísos fiscales. 

Una expectativa tanto más improbable cuando se repara en que el principal de ellos no resulta ser, tal como siempre se representa en la imaginación popular, algún archipiélago del Pacífico lleno de cocoteros, palmeras, barcas de pesca guiadas por simpáticos aborígenes y británicos alcoholizados embutidos en vistosas camisas floreadas. Bien al contrario, el principal refugio fiscal del que disponen cuantas empresas ansían eludir la fiscalidad de los Estados, incluidos los países miembros del G-7 que acaban de aprobar esa iniciativa, se llama Estados Unidos de América. De ahí que Biden, al igual que antes Obama, lo tuviese bien fácil si su propósito último fuera el de poner cerco a esas guaridas. Obviamente, no es el caso.

La de cómo Estados Unidos terminó convirtiéndose en un paraíso fiscal a la misma altura ética y estética que Panamá, Gibraltar, Macao o cualquier otra cueva de ladrones, historia curiosa, es bastante desconocida. Como tantas desgracias norteamericanas, su origen se remonta a la guerra de Vietnam, un pozo sin fondo para las finanzas públicas que abocó a Kennedy a un callejón financiero sin salida; sin salida moralmente presentable, por lo menos.

Así, los cada vez más insostenibles déficits que, año tras año, iba provocando la guerra, unos desequilibrios crónicos que después se multiplicaron gracias a las bajadas de impuestos federales iniciadas a partir de la era Reagan, obligaron a Estados Unidos a tener que elegir entre la solvencia financiera de sus grandes empresas privadas, abocadas a un colapso seguro si sus propias emisiones de deuda corporativa tuviesen que competir con los bonos estatales remunerados a altísimos tipos, o seguir siendo un país tributariamente serio, formal y respetable. Eligieron renunciar a lo segundo. Entonces, exactamente igual que ahora, el Gobierno de Estados Unidos necesitaba, y de modo imperioso, costear su enorme gasto militar y, al tiempo, conseguir que las corporaciones norteamericanas se pudieran financiar en Europa, también en Europa.

Exactamente igual que Biden, Kennedy necesitaba cobrar una retención fiscal, en su caso del 30%, sobre los rendimientos de los bonos privados, unos bonos privados que en el segundo gran paraíso fiscal del planeta, cierta isla del Atlántico denominada oficialmente Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, estaban sometidos a una retención del 0%. La disyuntiva, pues, para los inversores era simple: colocar su dinero en corporaciones yankis soportando la retención en origen del 30% sobre los rendimiento, opción uno, o destinarlo a activos emitidos en la City de Londres no teniendo que pagar nada por ellos, opción dos.

Algo que Obama parecía ignorar durante su primer mandato en la Casa Blanca; de ahí que cuando tuvo la mala idea de hacerse el gracioso en público a propósito de un edificio de oficinas sito en las Islas Caimán donde poseen su sede legal varios miles de empresas importantes («Debe de ser el edificio más grande del mundo», espetó), alguien tuvo que explicarle que existe otro edificio muchísimo más grande todavía dentro de su propio país; en concreto, se trata de uno ubicado en el estado de Delaware. Por más señas, se trata de una construcción de dos plantas que, a decir de la guía urbana de la pequeña y plácida ciudad de Wilmington, cae justo en el número 1.209 de la calle denominada North Orange. A fin de que el lector se haga una idea aproximada del tamaño de ese edificio anclado en el corazón mismo de Estados Unidos, solo aproximada, piense que ahí dentro se sitúan a día de hoy las sedes de algo más de 217.000 empresas. Algunas tan célebres y celebradas como Coca-Cola, General Motors o Ford. Huelga aclarar que Delaware es exactamente lo mismo que una isla-guarida del Pacífico, pero sin isla ni Pacífico, solo la guarida a secas. ¿Ante el ocaso inminente de los paraísos fiscales? Olviden esa fantasía.

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