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Antinatalismo: las teorías y la vida

Foto: Michal Bar Haim | Unsplash

Hace algunos días, supe de las complicaciones en el embarazo de una muy buena amiga. El dolor sereno –imagino que a ratos proceloso– y lleno de preguntas sobre el significado de la vida con el que ella y su marido están surcando ese meandro temprano de su convivencia daría para uno y mil artículos y para uno y mil silencios.

Las preguntas que esa circunstancia ha despertado en mí se encontraron, al día siguiente, con un artículo reciente de Irene Hernández Velasco sobre el ‘antinatalismo’, el movimiento social que se opone al nacimiento de nuevos seres humanos. Aunque las razones de quienes lo abrazan son variadas –las que yo conozco van desde la política hasta la ecología–, la piedra angular del edificio antinatalista es de corte vital: la oposición al sufrimiento. “La filosofía central del antinatalismo –comentaba en un artículo en The Independent Nadeem Ali, fundador del Partido Antinatalista del Reino Unido- es reconocer que nacer significa sufrir y que no hay nada en la vida, por placentero que sea, que compense “la presencia del sufrimiento”. En síntesis, el antinatalismo ve en el sufrimiento un mal absoluto y aboga por evitar la procreación para así evitar la amargura y el desconsuelo a esos potenciales niños a los que adultos egoístas traerán a este mundo abismal sin haberles pedido permiso.

El antinatalismo, un movimiento que suma cada vez más adeptos en España, tiene en David Benatar a su padre intelectual. Director del departamento de filosofía en la Universidad de Ciudad del Cabo es, además, autor de Better Never to Have Been (Mejor nunca haber existido), la justificación más sistemática de esta corriente intelectual y vital. En uno de los pasajes más sugerentes de su libro, Benatar afirma: “Es curioso que mientras la gente buena hace todo lo posible para evitar que sus hijos sufran, pocos de ellos parecen darse cuenta de que la única forma garantizada de prevenir todo el sufrimiento de sus hijos es, en primer lugar, no traerlos a la existencia”. A los que ven el vaso siempre medio lleno Benatar les responde tajante: “Insistir en que el lado positivo siempre es el lado correcto es poner la ideología ante la evidencia”. En otro lugar del libro, en el que analiza los motivos por los que se puede desear traer a alguien al mundo, comenta el egoísmo de padres y madres: “Aquellos que realmente deciden tener un hijo pueden hacerlo por varias razones, pero entre estas razones no pueden estar los intereses del niño potencial. Uno nunca puede tener un hijo por el bien de ese niño”.

Acierta Benatar al criticar el optimismo que sonríe jovial y que, narcotizado, se despreocupa del final y de las preguntas que la muerte inevitablemente despierta en quien vive pero sabe que morirá. Su solución a la ecuación del sacrificio, sin embargo, tiene algo de “muerto el perro se acabaron las pulgas”. Negarse a mirar a fondo el sufrimiento y descartarlo a priori sin dejarse interrogar por él es comprensible, pues el sacrificio es, como escribía Montale en sus Diarios algo “bestial”: es ciertamente difícil asomarse al abismo del dolor. Lo que inquieta al lector es que, bajo capa de bondad –porque, ¿quién osaría oponerse a alguien que busca evitar el sufrimiento?- Benatar dé por sentada, sin discutirla, la base sobre la que se asienta su teoría: que el sufrimiento hace miserable la vida hasta el punto de hacerla indeseable.

Las tesis de Benatar tienen ese regusto intelectualizante y aburguesado de quien instruye sobre la vida en general, sin permitir a quien es instruido (que vive en una vida particular y concreta, la suya) saber nada acerca de la existencia del maestro. En una entrevista publicada por la BBC, Irene Fernández Velasco intentó que Benatar abriese las puertas de su casa:

¿Usted lamenta estar vivo?

No me gusta responder a preguntas personales. Prefiero hablar de conceptos y de ideas.

¿Le reprocha a sus padres el que le hayan traído al mundo?

Quizás le interesaría echar un vistazo a la dedicatoria de mi libro Better Never to Have Been (Mejor no haber existido nunca).

Sí, la he leído. Dice así: “A mis padres, a pesar de haberme dado la vida”

Pues ya lo sabe. No quiero añadir nada más al respecto.

Una última pregunta: ¿tiene usted hijos?

Esa es otra pregunta personal.

No parece demasiado exigir a quien afirma que mi vida no vale la pena que diga algo acerca de la suya. Si su existencia miserable corroborara su tesis, ¿por qué ocultar un dato favorable? Mientras, mis amigos siguen dejándose interrogar por el dolor cuando observan una ecografía, uniéndose a esa estirpe en la que conviven sufrimiento y alegría y de la que Sófocles, Shakespeare, Dostoievski o Flannery O’Connor son solo sus más lúcidos rapsodas. Estirpe a la que me alegra que mis padres hayan tenido a bien empujarme a pertenecer.

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