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Apellidos mutantes

Cuando uno es un liberal-conservador, aunque el mundo lo perciba como un carca de una pieza, vive dividido en una continua discusión interior. Ante la ley que impone a los padres la elección del apellido de su hijo, el liberal dice: “Bien”. El conservador se amosca.

¿No será un ataque a la familia tradicional? Miguel d’Ors, en su libro Todavía más virutas de taller, analiza los apellidos evanescentes de las invitaciones de boda. En las clásicas, si no mediaba un título nobiliario o una defunción, aparecían ocho apellidos: los dos de cada progenitor de cada contrayente, que eran los que participaban del enlace. Ahora son Lara y Kiko (un poner) los que en su nombre propio (literalmente) invitan al convite. También ha notado d’Ors que antes se comentaba que Fulano se había casado con “una López de Artieta”, dejando claro que había entroncado con una estirpe. Ahora apenas se oye. La institución familiar cuenta mucho menos.

Pero como soy conservador de la rama recalcitrante, he recordado que en el siglo de Oro cada cual escogía el apellido suyo que le molaba más. Disponemos, pues, de un precedente prestigioso. Como aristotélico, tampoco repugna a la razón: tenemos la misma mitad de sangre materna que paterna e, incluso, la educación, el tono, las formas, las leyendas y las tradiciones se transmiten mejor a través las madres, con perdón de los milimétricos de la paridad. El apellido que más nos marcó suele ser el cuarto, el de la madre de nuestra madre, a la que además marcó más su madre en una serie interminable que nos llevaría hasta la Eva mitocondrial, como poco. La forma clásica española ya era bastante más respetuosa con esta realidad que el resto de los modelos europeos, pues entre nosotros la mujer no perdía su apellido por el matrimonio, ni los hijos dejaban de ostentarlo. Y desde hace tiempo se podía cambiar el orden, previa solicitud. Con la nueva ley, en cuanto entre en vigor, la igualdad será absoluta, obligatoria y proactiva. Y quién sabe si la libertad de elección no tendrá el curioso efecto de reavivar la genealogía, todos pendientes de reciclar el apellido más vintage.

Mi último reparo es si no supondrá una fuente de polémicas para los jóvenes matrimonios, tan sometidos a tantos test de estrés. Los flamantes padres tendrán que decidirse en 72 horas y, si no, elegirá el funcionario, según él entienda el interés superior del niño. Si el funcionario sufre burn-out, lo echará a suertes; si es burocrático, aplicará el orden alfabético, poniendo al borde de la extinción a los Zúñiga y a los Zurita; si es revolucionario, se tirará al más popular; si tiene pretensiones estéticas, habrá que echarse a temblar… Me temo que algo de tensión vivirán los progenitores, pero, si ya han decidido en qué ciudad vivir, tener un hijo y también han de elegirle el nombre, el colegio y la decoración del cuarto, lo del apellido tampoco añadirá demasiada pólvora a un polvorín de por sí perpetuo.

La nueva ley incluso puede que cambie las ancestrales ambiciones de los padres. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestro humilde orgullo. A partir de ahora, si nuestros hijos se enamoran de un Fitzwilliam-Darcy o de una Pascual de Blanes, es muy probable que nuestros apelliditos pasen a un modesto segundo plano. Así que, de pronto, López y Sánchez van a ser los enlaces más ambicionados por las familias con cierto prurito social.

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