Jesús Montiel

Aporofilia

Porque los pobres nos recuerdan a qué estamos llamados. Nos asusta la pobreza porque nos llama a gritos. Es pánico.

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Aporofilia

Cuenta mi padre que iba siempre envuelto en su abrigo, hasta en verano. Sus pertenencias, pocas, las portaba en un carrito de la compra. No pedía, pero abría las manos y daba las gracias y su sonrisa movía su barba churretosa si se le daba. Orinaba en los aseos de la panadería después de un por favor, mezclando su tufo con el olor de los panes. A veces ocupaba la rotonda y parecía, visto desde el coche, un Robinson acechado por la sociedad de la urgencia o un fortín levantado con porquería y sin embargo indestructible.

A la una y media, si había monedas suficientes, pedía en el bar dos tercios con tapa y después de limpiarse la boca con la manga de su abrigo volvía a la intemperie. Se llamaba Joaquín y era el sintecho del barrio de La Cruz, a las afueras de Granada. Sentado en una silla de tijera, acaso viviendo el verdadero tiempo, solía emplear las horas, mucho más largas que las nuestras, leyendo libros incontables. Muchos más que los que lee quien lo saludaba agachando los ojos. Porque los pobres nos recuerdan a qué estamos llamados. Nos asusta la pobreza porque nos llama a gritos. Es pánico.

Amaneció muerto a primeros de este diciembre, Joaquín. Todavía hay letreros y velas encendidas al pie de un árbol, sobre la acera helada. Flores desafiando el invierno. Un altar improvisado que de manera espontánea actualizan los vecinos del barrio en honor a un santo anónimo.  Descanse en paz Joaquín, amado por tantos.

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