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Aprobado patriótico

Foto: PIERRE-PHILIPPE MARCOU | AFP

La memoria histórica, así, sin mayúsculas, sin carga ideológica particular, sin exclusiones, siempre es útil para comprender de dónde venimos, y por qué venimos de allí. Para recordar, por ejemplo, que don Ramón María del Valle-Inclán creó el esperpento como género literario y teatral del absurdo, decenios antes de que Eugène Ionesco entrase por caminos similares en Francia. Y es que lo esperpéntico tiene sin duda su patria en España. Lo vivimos estos días con el estallido de las titulaciones universitarias falseadas, y la memoria nos ayuda a comprobar las profundas raíces históricas del fenómeno.

Por ejemplo, echemos un vistazo tres lustros atrás, cuando el Parlamento vasco introdujo una ley para permitir que los presos cursasen estudios universitarios, y no sólo en la UNED, sino en cualquier Universidad, lo cual no dejaba de suscitar alguna sorpresa, algún desconcierto, porque esos cursos son casi siempre presenciales y los presos… están en la cárcel. Fernando Savater, que ya había padecido en primera persona, cuando enseñaba en la Universidad del País Vasco, el tener que aceptar como válidos unos exámenes supuestamente completados por presos etarras, escribía entonces en ‘El País’, yéndose a su vez otros 75 años hacia atrás:

“Es de esperar que no se recaiga en el sistema del pasado que algunos conocimos, cuando se hacían ‘exámenes patrióticos’ que se aprobaban más por méritos de guerra que por demostrar suficientes conocimientos, lo mismo que en aquellas infaustas ‘oposiciones patrióticas’ de los primeros años del régimen franquista en las que la cátedra era siempre para quien se presentaba al concurso luciendo correajes y camisa azul”.

Y, sí, el sometimiento de la Universidad al poder político, o a fuerzas extrauniversitarias -como esa Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense donde los futuros periodistas de extrema izquierda amedrentan y acallan a quien vaya a decir algo que ellos no aprueban- tiene profundas raíces en nuestro país, y el fenómeno del aprobado patriótico reaparece guadianescamente de tanto en tanto. Se aprovecharon de ello ‘camisas viejas’ falangistas y ‘gudaris’ etarras. Y ahora descubrimos que en los últimos años los jóvenes políticos de la posmodernidad democrática se han forrado de lo mismo.

No son verdaderamente novedosos nuestros abusos, desde las purgas radiotelevisivas que modernizan aquellas cesantías tremendas que acompañaban cada cambio de Gobierno en el siglo XIX hasta los desplantes y desmanes separatistas que amenazan con devolvernos a los años 30 del siglo XX. Están anclados desde hace mucho tiempo en nuestra falta de hábitos democráticos verdaderos, no puramente epiteliales.

Por eso, cuando se habla de reformar la Constitución, ese mantra igualmente recurrente, debería estar claro para los reformadores sinceros que lo primordial no debería ser regalar prebendas a los catalanes y vascos ni, ‘sensu contrario’, cargarse el Estado de las autonomías. Debería ser, ante todo, instalar por fin los mecanismos que eviten esos abusos, que prevengan y sancionen la corrupción política, económica y académica.

Claro que eso lo van a tener que hacer los que han plagiado o se han inventado posgrados diversos, los que están “en política para forrarse”, según imperecedera frase atribuida a un personaje otrora importante. O quizá la fuerza del actual escándalo de los másteres logre por fin derribar el tinglado de intereses creados.

Pero, por si acaso, quizá nos convenga esperar sentados.

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