José María Albert de Paco

Aquí yacen

Si el pueblo de Jafre, en el Bajo Ampurdán, resulta más o menos conocido fuera de Cataluña es porque su vecino más ilustre, Albert Boadella, lo ha convertido en telón de fondo de su obra literaria.

Opinión

Aquí yacen
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

Si el pueblo de Jafre, en el Bajo Ampurdán, resulta más o menos conocido fuera de Cataluña es porque su vecino más ilustre, Albert Boadella, lo ha convertido en telón de fondo de su obra literaria.

Su Diarios de un francotirador, ese delicado retablo de escenas conyugales en que España prende con la brasa de cada desayuno, es también una meditación sobre la gama de ocres de ese rinón de Gerona. Asimismo, en Adiós Cataluña, la irreverencia no es óbice para recrear su apego, bien es verdad que muy leve, al terruño: «Desde la cama, me llega con toda nitidez el toque de misa del campanario de Jafre. Es un sonido cuya proximidad para mucha gente significaría hoy una molestia en plena noche; pero la campana no suele ser un despertador: es una cadencia lejana entre el inquietante desbarajuste de los sueños, que anuncia con discreción la plácida existencia de un orden».

Como es sabido, Boadella y su mujer, Dolors Caminal, vienen sufriendo desde hace un tiempo el hostigamiento de algunos de sus convecinos. El último episodio, acaecido hace aproximadamente un mes, consistió en la tala de tres cipreses del perímetro del jardín de Albert y Dolors. Según recogió un diginazi local, todo se explica por la irritante extravagancia de la pareja: a sus paisanos les parece inadmisible que les gusten las campanadas y les disguste la estelada que le cuelga al campanario. Y así, con ademanes de torvo pregonero, se lo hicieron saber. Boadella ha levantado acta de la tropelía. Como se aprecia en la foto, lo ha hecho conforme a su temperamento, esto es, aprovechando la luz del mediodía para seguir tocándoles los cojones. No en vano, el Fossar de les Moreres, plaza deforme del centro de Barcelona, es uno de los santuarios más solemnes de la ficción nacionalista.

Entretanto, sobre las últimas palabras de Memòries d’un bufó parece haber pasado un siglo: «Ahora bien, esta tierra no me ha resultado nunca un lugar extraño. Posiblemente debido a las raíces paternas, tengo mucha tolerancia respecto a las rauxes [entusiasmo, arrebato] de sus habitantes, y en cierta medida también he participado en mantener la leyenda de los tocados por la tramuntana. Aquí he rehecho con facilidad una trama de amistades plácidas y agradables, en concordancia con el paisaje suave que nos rodea […]. Jafre, mayo de 2001.»

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