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Armonía del vivir pensando

Comiendo en San Ángel, mi amigo Eduardo me asegura que Ramón Mercader podía salir de la cárcel cuando quería. Tanto es así que de vez en cuando se presentaba a cenar en su casa. A partir de aquí la conversación deriva rápidamente hacia el surrealismo cotidiano de este país entrañable que es México.

 

Hablamos del anarquista Mariano Sánchez Añón, nacido en 1909 en Mas de las Matas, Teruel. Frente amplia, perfil griego, mirada intimidante. Murió en la Cervecería Modelo, donde se había refugiado tras un asalto. Viéndose rodeado por la policía, se pegó un tiro. Su compañera, Armonía del Vivir Pensando, también española, gritaba a su lado: “¡Así mueren los hombres!”.  Un grupo de jóvenes anarquistas mexicanos, defensores del terrorismo callejero, ha decidido recientemente bautizarse como “Célula Insurreccional Mariano Sánchez Añón”.

 

Recordamos a Gorgonio Esparza, el matón de Aguascalientes, una muy destartalada versión de ser humano que a principios del siglo pasado se reunía en la pulquería “El hombre libre” con el Bigotes y el Pataseca, para repasar sus fechorías. Un día se enfadaron porque ninguno admitía ser menos inhumano que el resto y apagaron las luces y se liaron a navajazos. Gorgonio fue condenado a muerte. Para evitar su ejecución, su abogado le aconsejó que matara a un preso cualquiera. Y así fue sobreviviendo. Hasta que un día le dio una paliza al juez que lo juzgaba y salió corriendo del juzgado. En la calle se enteró que había comenzado la revolución y que todos los pecados estaban perdonados.

 

Sale a relucir una familia convencional. El padre trabajaba -decía- en una multinacional y la madre, que aún vive, era profesora de la UNAM. Tenían dos hijas. De 6 y 8 años. Un día el padre les dijo que lo trasladaban a Valparaíso con urgencia y que había decidido vender la casa y todo su contenido. Ya  comprarían lo que les hiciera falta en su nuevo destino. “¿Cuándo piensas venderla?”, le preguntó su mujer. “Ya lo he hecho!”, contestó. Al día siguiente se adelantaría para preparar la instalación de la familia. Se encontrarían dentro de una semana en la dirección que les dio. Cuando llegaron, en aquella dirección no había nadie esperándolas. Las niñas crecieron y, tras mucho buscarlo, localizaron a su padre en un pueblecito de las afueras de Moscú. Estaba casado y tenía tres hijos. Fueron a verlo y se encontraron a un anciano con alzhéimer. Nadie sabía nada de su vida en México. Finalmente pudieron averiguar que había sido un importante agente de la KGB. “Se limitó a cumplir órdenes”, les dijo alguien que había sido su superior.

 

Por último aparece el Muerto Fournier, que fue fusilado el 19 de julio de 1936 en la Plaza de Cataluña de Barcelona junto con docena y media de personas. Sus cuerpos sirvieron de parapeto durante las refriegas de aquel día. Fournier estaba seguro de haber muerto, porque había recibido varios balazos, uno de ellos en la cara, pero se daba cuenta de todo. Al atardecer logró escabullirse del amasijo de cadáveres y arrastrándose llamó a la puerta de una casa. Le abrió una mujer que al verlo, cayó desmayada. El propio Fournier tuvo que reanimarla. Vino a México y cada 18 de julio caía tan enfermo que no desmerecía su nombre.

 

Se acaba el mezcal y aún nos queda Larrea: “Uno no es más que un balón, recibe patadas de un lado y de otro hasta que alguien un día grita gol”.

 

Nos reímos y bebemos, pero al llegar al hotel me doy cuenta de que no puedo escribir lo anterior sin una imprescindible apostilla. México es, ciertamente, un país surrealista. Pero no sólo. Llevo una semana aquí y cada día me encuentro con una cordialidad eficiente, generosa y sincera, que me hace preguntar si sabré corresponderla. Cada noche caigo rendido en la cama, arropado por esa reconfortante placidez que le otorga el cansancio a la felicidad.

 

México es un gran país y no es honesto contribuir a ocultar su grandeza, sean las que sean las estridencias que alimentan los noticiarios. Hago público, pues, mi agradecimiento: Me siento emocionado por el trato que me depara este México helvético que me acoge.

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