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Así mueren las democracias

Foto: Megaloconomou | AP

En 1992 Fukuyama decretó el fin de la historia. Su certificado apuntaba entre las causas del fin a la consolidación global de la democracia provocada por instituciones democráticas, una sociedad civil activa y ciertos niveles de riqueza. Quizás en ese momento nadie llegó a pensar que la democracia fuera eterna pero todos confiábamos en que su final estaría muy lejano, tanto que nunca lo llegaríamos a ver.

Sin embargo, desde entonces la democracia ha sufrido distintos sobresaltos. Primero fueron los ataques terroristas del 11S, que cuestionaban la capacidad de la democracia de garantizar la seguridad de los ciudadanos, y las reacciones que pusieron en cuestión el ejercicio pleno de ciertos derechos fundamentales en aras de la seguridad. Luego llegó la crisis económica cuestionando su capacidad para garantizar la prosperidad. Pero ha sido el resultado electoral de algunos procesos electorales recientes lo que ha desatado definitivamente las alarmas sobre el futuro de la democracia.

Cada vez son menos las personas que consideran la democracia como algo imprescindible, especialmente entre los jóvenes. 

Si tomamos los parámetros establecidos por Foa y Mounk, la conclusión es clara: la democracia está en crisis. Cada vez son menos las personas que consideran la democracia como algo imprescindible, especialmente entre los jóvenes, mientras que cada vez son más los que aceptarían gobiernos no democráticos, siempre que les garantizaran ciertos niveles de bienestar; y siguen creciendo los resultados electorales de opciones políticas que rechazan el sistema político liberal. Aunque históricamente –y esto es un matiz importante–, la democracia no suele avanzar en línea recta. Da dos pasos adelante y uno hacia atrás.

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Los ataques del 11S cuestionaron la capacidad de la democracia. | Foto: Gene Boyars | AP

Estos movimientos de la democracia pueden generar seísmos políticos. Lo que no sabemos aún es si hoy estamos asistiendo a una concatenación de seísmos, que podríamos superar con instituciones estables, o si, por el contrario, más que a un movimiento sísmico, asistimos a un proceso de degeneración progresiva, más parecido al cambio climático.

Frente a visiones que señalan que toda crisis democrática es una vuelta al lugar donde se perdió la confianza en las instituciones, los análisis están divididos al señalar si nos encontramos ante una crisis de crecimiento (fruto de un exceso de expectativas del que todo lo espera de la democracia), una crisis de madurez (en la que la rutina nos empuja a plantearnos nuevas formas de vida) o si la democracia vive sus últimos días (aunque la muerte ya no es lo que era, y la vida se prolonga casi indefinidamente, de manera incremental, progresiva, mientras se va muriendo lentamente por dentro).

El problema está en que, si llega, la muerte de la democracia no se parecerá en nada a otras muertes anteriores. Como señala con acierto Daniel Gascón en un reciente libro, los asaltos al poder transcurren por vías posmodernas. Una forma de postotalitarismo donde la violencia se sustituye por ataques a la reputación, las catástrofes por la desilusión y la tecnología que provoca nuevas exigencias “democráticas”, generando una profunda crisis de la confianza.

La rutina de la democracia nos ha hecho olvidar otros escenarios.

Estamos tan acostumbrados a la democracia que nos cuesta imaginar lo que vendría después. La rutina de la democracia nos ha hecho olvidar otros escenarios, pero junto a la alternativa de una democracia como nunca hemos conocido, por vías directas (Morris) o deliberativas (Habermas), otros pensadores apuntan ya a el gobierno como negocio (Land), el gobierno de las máquinas (Piergiacomi, Harari), o la vuelta a la monarquía absolutista (Yarvin), modelos en los que la democracia no sería más que un vestigio del pasado.

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La democracia se encuentra sumida en una crisis de confianza. | Foto: Fernando Llano | AP

La democracia se convierte así en un mero ritual sin fundamento alguno, donde los hechos han desaparecido y nada es real

Juan Linz ya señaló, allá por los años 70, el camino que conduce a la quiebra de la democracia. Un camino que comienza por el rechazo a las instituciones democráticas en nombre de la democracia, poniendo, como nos alertaba de Vega, la voluntad popular, el principio democrático, por encima del principio liberal, un núcleo formado por los derechos fundamentales y la separación de poderes, que debería ser indisponible. La democracia se convierte así en un mero ritual sin fundamento alguno, donde los hechos han desaparecido y nada es real.

En ese sustrato relativista arraiga lo político reducido al antagonismo entre “amigo y enemigo”, señalado por Schmitt. Se produce así la negación de la legitimidad de los oponentes políticos, que genera una polarización extrema e impide aceptar la victoria del “otro”, mientras se utilizan todas las medidas para evitarla. Esta intolerancia va aceptando como válidas determinadas formas de actuación, lo que Tusnhet llama el Constitutional Hardball, el abuso de figuras como el cierre del gobierno, el decreto ley o el filibusterismo parlamentario, que aprovechan la letra de la ley para forzar su interpretación, aunque esto suponga minar su espíritu, desgastando las instituciones. Esto cambia la lógica de dignidad individual y beneficios a medio y largo plazo (estabilidad, prosperidad y paz), propia de la democracia, por la de beneficios inmediatos y dignidad colectiva, más propia de democracias iliberales y dictaduras competitivas, relegando al olvido a los derechos fundamentales y consagrando la quiebra de la democracia.

Se produce así la negación de la legitimidad de los oponentes políticos, que genera una polarización extrema e impide aceptar la victoria del “otro”.

Ante esta perspectiva, los retos se centran en evitar que lleguen al poder los enemigos de la democracia y, en caso de que llegaran al poder, evitar la quiebra de la democracia.

Para lo primero los partidos políticos juegan un papel clave. Cuando no aciertan a adecuarse a las nuevas exigencias de la sociedad, la democracia entra en problemas, mientras surgen candidatos tremendamente populares, con índices de aprobación inversamente proporcionales a la profundidad de la crisis, y cuya popularidad les hace más fácil imponerse en las urnas y comenzar a erosionar la democracia. Estas organizaciones políticas podrán adoptar formas distintas a los partidos, como alianzas ante los que retan al sistema democrático.

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Putin se dirige a las juventudes de su partido político en Moscú. | Foto: Alexei Druzhinin | AP

Para lo segundo es imprescindible garantizar los elementos estructurales del sistema, las instituciones que recogen los valores comunes que hemos ido consolidando como sociedad, pero no basta. La vida o la muerte de la democracia dependen también del comportamiento de los actores políticos. Las constituciones no son suficientes para garantizar la democracia, dependen de otras instituciones secundarias como la capacidad de aceptar a los oponentes políticos, la tolerancia mutua, el autocontrol…. Comportamientos basados en reglas informales, que cuando no funcionan es necesario garantizar con reglas formales para evitarlo.

Tampoco podemos olvidar las circunstancias: el escenario económico en el que puede sobrevivir una democracia o si puede sobrevivir a los desajustes entre productividad y sueldos, a la desigualdad, a la falta de movilidad social… El gran reto de la democracia es encontrar la forma de reconectar con los que se han ido quedando en el camino, institucionalizar su desconfianza, en pos de lo que Linz denominaba la democratización de la sociedad.

La democracia es una obra en construcción, que exige un continuo esfuerzo de mantenimiento y nunca se puede dar por terminada.

Como sucede al que sabe que está enfermo, quizás lo más importante sea dejar de preocuparnos tanto por la muerte de la democracia y vivir una vida democráticamente sana, lo que pueda durar. La democracia no es una obra terminada que se pueda descuidar, pensando que las estructuras todo lo aguantan. La democracia es una obra en construcción, que exige un continuo esfuerzo de mantenimiento y nunca se puede dar por terminada.

Aún es demasiado pronto para decretar el fin de la democracia, la paciente superará esta crisis y, aunque es difícil que salga fortalecida, con suerte, no saldrá muy perjudicada. Pero no podemos desaprovechar la ocasión para aprender cómo se muere la democracia y actuar en consecuencia. Cuando sea urgente, como nos recuerda Talleyrand, será demasiado tarde.

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