Joaquín Jesús Sánchez

Atados en corto

«El poder es muy goloso, casi tanto como la sensación de seguridad. Aprovechar el justísimo cabreo del ciudadano con los descerebrados que salieron el otro día a compartir gérmenes para pedir suspensiones de derechos fundamentales es, reconózcanmelo, una barrabasada»

Opinión

Atados en corto
Foto: SUSANA VERA| Reuters
Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) estudió Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Puede seguir sus trepidantes aventuras en www.unmaletinmarron.com

No sé cómo no le han hecho un monumento. El sábado por la noche, un chaval inspiradísimo le confesó a un reportero que le parecía fatal estar en una farra multitudinaria, pero que lo hacía porque estaba permitido. Si llega a gritar «vivan las caenas», le dan el toisón de oro y la orden del mérito civil.

Da gloria mirar el carajal que está suponiendo el decaimiento del estado de alarma. El Gobierno central no se ha molestado en preparar las herramientas legislativas que permitan a las autonomías la supresión controlada de los derechos fundamentales. La verdad es que, viendo el panorama, me tranquiliza un poco. Los agoreros, sin embargo, están enfadadísimos porque el vecino haya recuperado la libertad de reunirse y moverse. Hacen falta leyes, ¡que se prohiban cosas! Si fuera por ellos, disfrutaríamos de un confinamiento domiciliario hasta que todo sea seguro.

Curiosamente, el libertinaje era fácilmente controlable. La normativa autonómica y local ya prohibían, antes del COVID, que la gente saliese a chuzarse a la calle. «La policía disuelve un macrobotellón en la glorieta de Embajadores». Pues mire, lo normal. En dos nos están pidiendo una legislación especial o la redecretación del estado de alarma porque algún paisano se ha saltado el límite de velocidad en una comarcal.

El poder es muy goloso, casi tanto como la sensación de seguridad. Aprovechar el justísimo cabreo del ciudadano con los descerebrados que salieron el otro día a compartir gérmenes para pedir suspensiones de derechos fundamentales es, reconózcanmelo, una barrabasada. No hay estrategia política con más lustre que rentabilizar el cabreo de la gente, pero que algo sea habitual ni lo convierte en bueno ni le quita un gramo de grosería.

Mientras tanto, el gobierno de la nación dice que los jueces deben ayudar en la tarea esta de volver a la normalidad. Debe ser la lamentable judicialización de la política de la que tanto he oído hablar.

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Post scriptum: Mientras terminaba esta columna he leído en los principales diarios la relevantísima noticia de que el antiguo eurodiputado, antiguo vicepresidente y antiguo candidato a diputado en la Asamblea de Madrid se ha cortado el pelo. Pido disculpas a mis lectores por no disponer de los conocimientos adecuados para comentar el hecho noticioso.

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