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Atapuerca

Foto: Daniel Pérez | EFE

La palabra se despega del niño de dos años que se cayó en el pozo. El niño sigue allí –seguirá allí aunque saquen el cuerpo– pero la palabra se mueve en otro mundo, un mundo casi autónomo: de asociaciones, ecos, pensamientos, mitos. Un mundo frío para el niño, que no lo protege; pero nos puede servir para conjurar el miedo, para acompañar la pena, a los que estamos arriba, hasta que dejemos de estarlo.

De niños era una de nuestras pesadillas recurrentes: la caída en un abismo, la angustia durante el trayecto, siempre demasiado largo, y el alivio final en el colchón. Para el pequeño de Totalán la realidad fue su pesadilla. Es insoportable pensarlo porque vivió la pesadilla definitiva, sin el despertar aliviado. Abruma la perfección de su fatalidad: ese entrar en la tierra por un conducto estrecho como un útero. Desaparecer como vino. Hago literatura, ¿pero qué puedo hacer?

El pasado 1 de enero me acordé de un ciclo de la Fundación Juan March sobre el origen y la evolución del hombre, impartido por paleontólogos de los yacimientos de Atapuerca. Juan Luis Arsuaga habla en su conferencia “Postura erguida, locomoción bípeda y el dilema del parto” de las dificultades del parto en nuestra especie, debidas a nuestra evolución hasta convertirnos en seres bípedos. Es una conferencia apasionante, que narra ese primer recorrido por el “canal del parto” como una auténtica odisea, complicada para el bebé y dolorosa para la madre. Arsuaga utiliza un sintagma expresivo: “el conflicto pélvico-encefálico”.

Pero aunque ahora he vuelto a recordar el ciclo, mi recuerdo del 1 de enero fue por otra de las conferencias: “La evolución del lenguaje”, de Ignacio Martínez Mendizábal. Y se debió a la primera noticia de este 2019, insoportable también: la del niño de tres años que murió atragantado con una uva en Nochevieja. En los días siguiente se publicó el dato de que el atragantamiento es la tercera causa de muerte no natural en España: en 2017 murieron en nuestro país 2.336 personas atragantadas.

Martínez Mendizábal explica que el peligro de atragantamiento –casi inexistente en los monos– lo tiene el ser humano por su capacidad de hablar. La laringe baja hace que la faringe sea demasiado larga, por lo que el alimento puede desviarse por la tráquea en vez de ir por el esófago. “¿Cómo la selección natural –se pregunta Martínez Mendizábal–, que hace que sobrevivan los más aptos, ha podido seleccionar una anatomía que es perjudicial para el organismo?”. La solución la dio Darwin: cuando un órgano ha perdido eficacia en el desempeño de una función es porque ha adquirido una función nueva que es más importante para la supervivencia del individuo. En este caso, la función nueva es el lenguaje. El niño de la uva y los miles de atragantados anuales son las bajas ocasionadas por este prodigio.

Mientras escribo siguen los trabajos para llegar hasta el niño en el pozo. Es imposible que esté vivo, pero hay que seguir; no ya por esperanza, sino por desesperación.

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