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Atenas, 1981 - Madrid, 2015

Los cambios van atados a las generaciones: lo viejo siempre deja paso a lo nuevo. Y en España hay demasiadas cosas viejas.

"El pueblo ha votado por el cambio”. La frase bien la pudo haber pronunciado el nuevo primer ministro griego, Alexis Tsipras, la noche del domingo 25 de enero al saberse ganador de las elecciones griegas. Más del 36% de los votantes le dieron su apoyo, lo que le llevó a rozar una mayoría absoluta que ha consolidado cediendo el ministerio de Defensa a los Griegos Independientes de Kammenos. “El pueblo ha votado por el cambio”. Y vaya si lo ha votado: Grecia, apuntaba Enric Juliana, será el primer país europeo que tenga un gobierno de izquierdas que no se nutra de la socialdemocracia.

Pero no fue Alexis Tsipras quien pronunció esa frase.

Esa frase la pronunció Andreas Papandreu el 18 de octubre de 1981. También en Atenas, como Tsipras. Y también en un momento convulso: los griegos abrazaban la izquierda dándole la mayoría absoluta al Pasok. Nunca antes Grecia, que entre 1967 y 1974 estuvo sometida a una dictadura militar, había sido gobernada por la izquierda. Menudo cambio.

En 1981, Grecia padecía los rigores de la larga crisis económica del petróleo y tenía una mala relación con la Comunidad Económica Europea. Acababa de ingresar en la unión, es cierto, pero también lo era que su nuevo gobierno, el del Pasok, proponía la salida inmediata. Y también de la OTAN.

Huelga decir que nada de eso pasó.

Y huelga decir que el trazo de aquella Grecia no era muy diferente al de su España contemporánea, con un año de diferencia. Dictadura hasta el 75, crisis económica paralela, mayoría socialista en 1982 y escepticismo respecto a la CEE y, desde luego, la OTAN.

Huelga decir que no dejamos la CEE, ni la OTAN.

Y huelga decir que los veinte años posteriores a aquel gran cambio de 1981-82 fueron, en un último análisis, beneficiosos tanto para los griegos como para los españoles.

El 25 de enero de 2015 Grecia volvió a cambiar. Giró más a la izquierda. Como giró en 1981 –y me jugaría una mano a que entonces también se habló de lo inevitable del desastre, localizado entonces en Moscú y hoy en Caracas.

En noviembre de 2015, en Madrid, tal vez los españoles asistamos a un  nuevo cambio. Otro giro a la izquierda, más profundo –al menos en apariencia- que el de octubre de 1982. Otra vez un año, o casi, después que nuestros vecinos del este del Mediterráneo.

Asusta, claro: cambiar asusta.

Pero no olvidemos dos cosas. La primera, que los cambios van atados a las generaciones: lo viejo siempre deja paso a lo nuevo. Y en España hay demasiadas cosas viejas.

Y la segunda: que el poder modera. Porque las utopías son bellas, pero imposibles.

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