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Auge y caída de la idea del Progreso

Foto: Christophe Ena | AP

Uno de los debates más recurrentes tras la crisis es el que gira alrededor de si los jóvenes viven o vivirán peor que sus padres. Es una pregunta muy amplia y difícil de contestar, entre otras cosas porque no hay un modelo exclusivo de vida buena. Pero si sobreentendemos que juzgamos en función de variables económicas relacionadas con la calidad del empleo, los salarios o la certidumbre vital y laboral, parece fácil concluir que vivimos y viviremos peor que nuestros padres.

Los defensores pinkerianos de una visión más optimista ponen encima de la mesa datos agregados que refutan la idea, pero lo cierto es que poco consuela a quien es un falso autónomo leer las condiciones de semiesclavitud en la Inglaterra victoriana o la tasa de supervivencia de los niños en la Antigüedad. La expectativa sobre nuestro futuro no puede tener en cuenta el tiempo profundo ni la evolución general, sino la promesa tácita que los predecesores inmediatos generan para el tiempo presente. Y, siendo así, se comprende la decepción tan extendida con la idea del futuro de las generaciones más jóvenes.

Para Séneca o Platón, el tiempo era enemigo del ser humano. Para los griegos, desde Homero hasta los estoicos, la naturaleza humana no podía sufrir alteraciones, porque está ya prefijada por la Moira. Maquiavelo pensaba que la República romana era el estado ideal, y por tanto los poderes de la Naturaleza habían declinado y ya no eran capaces de generar mentes privilegiadas como entonces. No sería hasta la última etapa del Renacimiento, incluido el primer cuarto del siglo XVII, cuando esta idea tan arraigada del tiempo y el futuro como enemigos, comenzara a rebatirse. Luego llegaron Bodino, Descartes, Fontenelle, el racionalismo, la ciencia y la Ilustración francesa, y la idea del Progreso se consolidó. El futuro era tierra de promisión, y lejos de tenerle miedo, había que luchar por su llegada.

Algo muy profundo de nuestra relación con el tiempo se ha roto en estos años. Una quiebra que atañe a la confianza en la idea de Progreso, y en este contexto no es tan sorprendente que muchos ciudadanos miren al pasado en busca de refugio, sea en forma de relatos nacionalistas o versiones rigoristas de creencias religiosas. Las predicciones científicas del cambio climático, la llegada de los robots al mercado laboral o los llamamientos generalizados a que nos acostumbremos a la flexibilidad, a la formación continua y a la movilidad permanente, generan una zozobra comprensible e incompatible con la calma del progreso estable. Y el ecosistema mediático y digital no ayuda. De ahí a poner en duda la democracia sólo hay un paso que algunos ya han empezado a dar.

Recuperar la idea del Progreso parece esencial, y no cabe desligarlo de la transformación y mejora de las bases materiales que sostienen el desencanto. Esto es, de mayor distribución, igualdad y justicia social. El diagnóstico que ve en el malestar un problema de relatos y abducciones populistas, de preferencias caprichosas por mundos cerrados, no deja de parecer un autoengaño de privilegiado, casi una coartada.

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