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Autobús podemita (o lepeniano)

Sabía que Mariano Rajoy y François Hollande venían a Málaga, a la Cumbre Hispano-Francesa, pero me lo había tomado como una noticia nacional o internacional, no local. Como algo que seguir por la prensa o la tele, por internet, lo habitual con las noticias. Tenía que hacer y me aplacé la información. Dediqué la mañana a mis asuntos. Por la tarde necesitaba despejarme y decidí darme una caminata por el paseo marítimo. Para ganar tiempo, cogí el autobús hasta la plaza de la Merced.

Yo iba entretenido con una conferencia sobre Dante, el Dante del Infierno. Así que no me di cuenta al principio de que llevábamos muchísimo en el autobús, y de que apenas avanzaba. Calle abajo había una hilera interminable de coches echando humo. Me quité los auriculares y en el autobús había un motín: un motín contra Rajoy, principalmente, y secundariamente contra Hollande. El centro estaba colapsado por la visita. Había refunfuños, crispación. Fuera, ruido de cláxones. Aquello era un infierno.

El conductor no nos podía abrir antes de llegar a la parada, de manera que estábamos en una olla a presión. Se repetían los exabruptos contra los mandatarios, con una mezcla de expresiones malagueñas de cabreo y furia de ‘sans-culottes’. Si en ese momento nos hubiesen puesto urnas, habríamos votado por Pablo Iglesias, o, de estar en Francia, por Marine Le Pen: lo que más daño (con saña) les hiciera a Rajoy y Hollande, esos impresentables por cuya culpa nos encontrábamos allí encerrados.

Mucho después logré llegar al paseo marítimo, y el oleaje furioso y el azote frío me fueron devolviendo la calma. Hacía una tarde desapacible. Se apreciaban los destrozos del temporal de dos días antes. Pero cómo limpiaba la naturaleza los miasmas del resentimiento. En media hora, estaba ya recuperado para la democracia representativa.

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