Jordi Amat

Autocomplacencia juvenil

«Entronizando lo políticamente correcto desde el Estado, se impide al joven que conquiste una ciudadanía adulta por sí mismo»

Opinión

Autocomplacencia juvenil
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

El lunes iba caminando por la vida, con prisa y más concretamente por la Gran Via, cuando de repente vi un cartel de propaganda institucional de la Generalitat para promocionar el Carnet Jove. No me habría fijado en el contenido del anuncio si antes no me hubiese imantado la consigna pintada con espray negro sobre el cartel. ‘Fora Brimo!’, es decir, fuera el área de Brigada Móvil, es decir, fuera los antidisturbios de los Mossos d’Esquadra. Durante la manifestación del pasado sábado, que tenía entre sus convocantes a una de las facciones de la CUP, también debió engancharse sobre el cartel una pegatina con este lema: ‘Libertad Pablo Hasel!’ suscrita por una A anarquista. Pero el adhesivo apenas se veía porque lo que llamaba la atención era la consigna contra la Policía. ¡Fuera!

Era lunes y sin pausa iba camino de la tertulia. El tema de controversia del día iba a ser la violencia callejera del sábado, su impacto en las negociaciones para formar el nuevo gobierno autonómico y tal vez me tocaría usar ese nuevo comodín para cuñados que es la asociación de los estallidos de ira de los últimos días con la angustia por el presunto no future de los hijos de la clase media. Fotografié el cartel esperando que me sirviese como anécdota para pescar una categoría durante la conversación. Pero no. Luego, de vuelta a casa y sin resolver un crucigrama, ordené mis papeles y con algo más de atención miré el cartel de propaganda. Es un retablo con cuatro fotografías más la pregunta «¿en qué actitud Carnet Jove estás hoy?». Las estampas, protagonizadas por cuatro jóvenes digamos cuquis, son respuestas posibles a esa pregunta.

En la primera estampa se ve a una chica en una playa recogiendo una botella de plástico vacía. Debía de estar tirada en la arena y ella la va a depositar en una bolsa. Su gesto lo aplauden varias manos sobreimpuestas sobre la imagen, uno de esos recursos de interacción que posibilitan las redes sociales. La segunda estampa es la de otra chica cuyo rasgo más destacado es el hiyab que le cubre el pelo. Sonríe. Con una mano sujeta un plato de ensalada y con la otra pincha lo que aparenta ser un tomate seco. La escena despierta más interacciones digitales: sobre la imagen cinco corazoncitos simbolizan el agrado con la imagen. En la tercera se ve a otra chica, también feliz, en este caso sujetando a un perro. Sobreimpresas unas huellas caninas, en la cabeza le han dibujado unas orejas del animal y su nariz la tiene ocupada por una nariz de perro. La cuarta imagen, finalmente, es la de un chaval con melena rizada, diría que sentado en una peluquería, y sobre las greñas le han pintado tres tijeras.

¿Quién no aplaudirá a una chica que recicla para salvarnos de la dejadez de los otros? ¿Cómo no valorar con un corasonsito la naturalidad doméstica del multiculturalismo y la dieta saludable? ¿Qué hay de malo en el respeto amoroso a los animales? ¿Por qué no juguetear con ese chico tan atento a su estética capilar como antes lo habría sido estereotipadamente solo una mujer?

Las cuatro actitudes encarnan valores de una nueva sentimentalidad, asociados a una actitud que aquí se presenta como patrimonio de la juventud. Pero más allá de las apariencias, toda vez que la propuesta conductual viene dictada por la propaganda pública, el mensaje de fondo es la entronización oficial de una serie de valores como ejemplares. No es que el anuncio -un postureo instagramero que no incluye el estudio ni el trabajo- sea un documento de barbarie, tampoco nos pasemos, pero sí hay bastante de documento de cultura para detectar la banal autocomplacencia de una época consigo misma. Porque lo que se desprende del mensaje es la infantilización del proceso de madurez. Entronizando lo políticamente correcto desde el Estado, se impide al joven que conquiste una ciudadanía adulta por sí mismo. Al contrario. Para ser feliz como los suyos se le dice que tiene que actuar como está mandado. Y no sé si ese dictado es un motivo para salir a quemar contenedores, pero yo sí quemaría ese cartel. Lo mínimo que merecen los jóvenes es que sean ellos mismos quienes descubran cómo van a comportarse.

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