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Balances de fin de año

Foto: Steve Rhodes | Flickr

Antes de que enero nos catapulte al futuro con sus propósitos de comienzo de año, dejémonos juzgar por diciembre, el mes de los balances. El propósito es como una flecha que lanzamos al horizonte, que vuela por los meses y que esperamos ver, al final del recorrido, clavada en la diana. Bajar kilos, subir escalones en la carrera profesional, enderezar esa miseria recurrente que nos hace tan arduo el reflejo del espejo, la media maratón…

El año transcurre entre lo deseado en su debut y el precipicio sobre el que se sienta, inquisidor, diciembre. Allí, en el límite, la alternativa parece solo una: la euforia por lo conseguido o la tristeza de los ideales frustrados. Y vuelta a empezar con los nuevos retos. Y sin embargo la ecuación es más compleja –y mucho más humana– porque también es una opción, la más abismal de todas, que la tristeza nos invada al conseguir lo que nos habíamos propuesto. Ese fenómeno, el de la insatisfacción acurrucada detrás de la esquina del sueño logrado, es un ritornello de los espíritus más sutiles: del Pascal de los Pensamientos al Kerouac de En la carretera, del Steinbeck de La Perla al Ionesco de Rinoceronte, del Dostoievski de las Memorias del Subsuelo a cada una de las novelas que son nuestras propias vidas. Es lo que, en su monumental novela La broma infinita, David Foster Wallace llamó ‘El momento Clipperton’.

Eric Clipperton era famoso en el circuito de tenis juvenil por acudir a los partidos acompañado por una semiautomática Glock 17 de 9 milímetros con la que amenazaba con volarse la tapa de los sesos si perdía. Con esa premisa, no es difícil imaginar que sus contrincantes le hicieran el pasillo y Eric ganara un torneo detrás de otro… La Federación de Tenis, sin embargo, nunca reconoció oficialmente los títulos conseguidos por el joven suicida, por lo que, a pesar de acumular victorias y coronar podios, el muchacho nunca escaló en el ranking, dejando los laureles oficiales al segundo clasificado. Cuenta Foster Wallace que un repentino cambio en el reglamento de la Federación hizo válidos con carácter retroactivo los títulos de Clipperton, catapultándolo de la noche a la mañana a lo más alto de la clasificación en su categoría. Sueño cumplido: número uno conseguido. Propósito alcanzado y sin embargo, tristeza: Momento Clipperton. Tan es así, que Clipperton empuña su Glock 17 y se pega un tiro. En la sien, desde lo más alto del ranking.

Vivir es, entre otras cosas, aprender a mirar a la cara nuestros ‘momentos Clipperton’, dejar que nos hablen. Los que no nos suicidamos, solemos distraernos moviéndonos de obsesión en obsesión, con la suficiente rapidez –creemos– como para no sentir el vértigo del deseo, siempre infinito, nunca satisfecho, invariablemente mayor que el objeto que nos parecía que, esta vez sí, sería capaz de satisfacerlo. Nos obcecamos con algo hasta que logramos el éxito y entonces transferimos la obsesión a otra cosa tratando de evitar el intersticio de conciencia entre propósito y propósito.

Pero, ¿y si hubiera alternativa al suicidio y al olvido? ¿Y si ese abismo del que huimos escondiera una profunda sabiduría sobre lo que somos? ¿Y si nuestros ‘momentos Clipperton’ no fueran una condena, sino la ocasión de descubrir eso que Leopardi llamaba “el misterio eterno de nuestro ser”?

Bendito sea diciembre, el mes triste de los propósitos conseguidos.

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