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Barbarie y sinrazón

Sí, barbarie y sinrazón. Y también demencial y trágico. El diccionario está lleno de palabras desgastadas de sentido y que aplicamos como un mantra –también podríamos usar horror- cada vez que, como hoy en Bruselas, el terrorismo de raíz fundamentalista golpea una parte del mundo. Y particularmente si es Europa, claro. El manual del calificativo, supongo, nos consuela de algún modo: es ira, pero es controlada. Es condena –enérgica, claro, que no está de más subrayar lo evidente-, pero es a su vez calma. Son palabras, en suma, cada vez más vacuas. Infoxicadas. También como estas que leen.

Y también es terror. Pero no hablamos del terror, esa fuerza totalizadora de la que son, todos los que están en el objetivo del fundamentalismo, víctimas. Es un terror en cadena que, con Daesh en el origen (aunque la autoría de los atentados de Bruselas no está, mientras escribo estas líneas, confirmada, es difícil apuntar a otro causante), mueve el ánimo de todo el mundo. Los refugiados sirios huyen del terror. El terror a que entre esos refugiados puedan esconderse terroristas nos hace insolidarios, y cerramos las fronteras, o pactamos intercambios de honra dudosa y segura vergüenza. El miedo indiscriminado que es el terror nos arrastra hacia posiciones cada vez más insolidarias, que en el arco político se manifiestan en el auge de los partidos xenófobos. Y, sencillamente, cuando el terror se convierte en una variable de peso en nuestras decisiones, cuando el terror condiciona nuestra mirada hacia el mundo, los terroristas han vencido.

La lógica de este terror es simple: se expande en Oriente. Ataca globalmente, aunque el eco en Europa sea mayor. Las víctimas directas del terror huyen, y por el terror inducido, los países que deberían acogerlas las ven con sospecha. El terror crece y se asienta, hasta el punto de crear un Estado Islámico. Los ciudadanos que expulsó -porque no los pudo matar- se ahogan en el Mediterráneo, o quedan confinados en un limbo legal con forma de Edad de Piedra. Y Europa se encierra en su propio círculo de miedo. A grandes trazos, es poco más que eso: toman un territorio por la fuerza, expulsan y matan a quien no piensa como ellos, y con golpes sanguinarios, alejan a quien podría hacerles frente, que se debate en su propia culpa.

La Europa insolidaria que no acoge a refugiados (cuyo deseo último, y estoy convencido, no es tanto que les acojan como poder vivir en paz en su propio hogar) contra la Europa acobardada –aterrorizada- que no se permite hacer frente al terror. Todos son víctimas, aunque en muy distinto grado, de los terroristas. Ese es su triunfo. Lo único que no podemos oponer al terror son sólo palabras. Porque en última instancia, la única barbarie es la que permite que la barbarie exista. Y la única sinrazón es permitir que el terror condicione nuestras decisiones.

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