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Barcelona tiene una luz

Foto: SERGIO PEREZ | Reuters

En una cartulina enorme de color lila había escrito un título en letras mayúsculas y apretadas: “Barcelona: my city”. Tenía siete años y daba mis primeras clases de inglés en un momento en el que aún no distinguía un verbo de un adjetivo. Con tijeras y pegamento de barra llené aquella cartulina infinita –en la que siempre quedaban huecos– de recortes de mi ciudad: la eternamente inacabada Sagrada Familia, las Ramblas con sus quioscos de flores, el símbolo de El Corte Inglés –ahí es donde me llevaba mi abuela a merendar–, un escudo del Barça y el dragón del parque Güell. También añadí, en el último momento y para cubrir uno de aquellos dichosos huecos, una pegatina que decía “Barcelona posa’t guapa” que mostraba la cara de una mujer cuyos ojos eran balcones. Y a mí me gustaba perderme en esos balcones porque eran, en realidad, una promesa de las vidas que habitaban dentro. De la mujer. De la ciudad.

Tuve que hacer una exposición oral de “Barcelona: my city”, y me hice un lío con los verbos, los demostrativos, el she y el he. Sin embargo, entre tanto caos, dije algo que me acompaña desde entonces. Barcelona has a light.

La profesora me corrigió: “Barcelona tiene luz, sí, pero como cualquier otra ciudad”. Y yo le respondí –siete años, un diente que se me movía mucho y ganas de llevar la contraria–, que no. Que Barcelona tiene una luz y que esa luz es distinta.
Me pusieron un seis por aquello de “lo importante es participar” y, enfadada, tiré el collage a la basura, pero los balcones de “Barcelona posa’t guapa” me siguen mirando ahora desde la distancia que ofrece la memoria en lo que fue una iniciativa del ayuntamiento para la rehabilitación de la ciudad.
Poco después llegaron Cobi, y Petra, y las torres Mapfre que, antes de visitar Nueva York, me parecían un delirio de altura y sofisticación.
En poco tiempo mi pequeña ciudad se ensanchó y empezó a mirar al mar.

Pero con los años dejé de amar Barcelona. Porque la vida es un proceso de cambio y hay que ser serpiente y mudar la piel, y uno cree que a los primeros amores hay que cambiarlos por otros mejores. Me fui muchos años de aquí. Tantos como diez y lo hice en busca de otros lugares. Olvidé las calles, la Virreina, la chocolatería de la calle Petritxol, la azotea de aquel hotel de las Ramblas en el que me enamoré por primera vez, el parque de El Tibidabo con su noria y la calcomanía en la mano. Todo eso lo olvidé.
Me fui para poder volver, aunque digan aquello de que regresar es irse.

Barcelona es un conjunto de cosas que no tienen nombre que son memorias, deseos, esquinas, lugares de cambio, no solo de mercancía o de letreros de vendo oro. En Barcelona se cambian palabras, esperanzas, encuentros. Soledades. Porque el secreto de los buenos matrimonios, como decía Rilke, es ser el guardián y el custodio de la soledad del otro.
Te quiero, Barcelona, porque tus esquinas, tus callejuelas del gótico y tus adoquines. Porque a veces llueve y siempre hay soportales, porque el Eixample y porque la filmoteca. Porque la Rambla del Rabal y los kebabs. Y sí, también por aquella azotea en la que me enamoré: porque el chico se fue pero se quedó el horizonte siempre lleno de posibilidades.

Te quiero, Barcelona, porque aquí he sido todas las personas que nacieron de una cartulina lila y de unos balcones que miran al infinito.
Y por último, te quiero, Barcelona porque siempre me has dejado volver de mis quiméricas ciudades de la imaginación. Porque tienes una luz y nunca me has dejado a oscuras.

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