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Barcelona, una lección de realidad

Suponemos que a los cándidos comunes pocas ganas les quedan de reeditar frentes populares acompañados de semejantes cafres

Foto: ALBERT GEA | Reuters

La izquierda más revolucionaria y aparentemente antisistema ha empalidecido con las imágenes de la turba desorbitada e insultante que acudió a la plaza Sant Jaume de Barcelona para boicotear un acto de insulso formalismo democrático. Es lo que sucede cuando una porción de la sociedad se ha tragado el bulo lisérgico de que las calles serán siempre suyas. El fenómeno se conoce como fanatismo, y la progresía empoderada fue testigo titilante de su manifestación más sombría y colérica. Atrás quedó aquella revuelta sonriente y, como buenos hinchas futboleros de barra fija, los indepes demostraron que su civismo y bonhomía no eran más que una mascarada fabricada en laboratorios mediáticos y que su mal perder en nada difiere del de cualquier puertorraqueño.

Después del bochornoso espectáculo, suponemos que a los cándidos comunes pocas ganas les quedan de reeditar frentes populares acompañados de semejantes cafres, que no tardarían en convertir en yermo villorrio tractoriano una ciudad que pese a todo todavía merece habitarse.

Pero la lección de realidad no queda ahí. Frente a una solución de gobierno que restañe en lo posible heridas procesistas e impida la conversión de Barcelona en otro pueblo anodino con cuatro casas y un lazo amarillo en el campanario, la dirección de Ciudadanos ha pisado el acelerador en su travesía alocada por esa autopista vertiginosa que siempre hay a la derecha. La repentina ruptura con Valls no solo hace sospechar que el partido naranja está por un mal mayor en Barcelona que le permita seguir montando (y sobre todo rentabilizando) manifas patrioteras en Madrid, sino que además constata que se siente más cómodo con la recia camaradería de la muchachada de Vox.

Así que la realidad también se impone para aquellos que estamos abocados a la gélida intemperie del abstencionismo escéptico y ácrata.

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