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Basta ya de remakes

Foto: RRSS | RRSS

Tras un remake casi siempre se esconde un velado chantaje. En realidad es (casi) la única razón por la el rebaño acude (acudimos) en masa a la cola de los Renoir cada jueves por la noche —como mártires en procesión, con los cirios de nuestra culpa en todo lo alto. Un paso tras otro.

Chantaje porque tras cada remake se esconde una deuda de amor; un amor sincero y nítido al cine forjado en nuestra adolescencia, forjado a hierro y fuego frente a una inmensa pantalla y un cubo de palomitas. ¿Cómo no ser fiel a todo aquello que sentiste viendo Alien, el octavo pasajero, Desafío Total, Robocop, Funny Games, Los Cazafantasmas o Blade runner? Cada película fue un acontecimiento, una muesca en tu visión del cine (del mundo) y desde luego una página imprescindible en ese supuesto diario de tus días inolvidables… ¿cuántas veces te has emocionado escuchando a Vangelis o ante el primer plano de los spinners volando frente al luminoso de Coca-Cola y aquella voz robótica anunciando un viaje al planeta Koyo desde el dirigible? Emoción sincera: eso es el cine.

Aquella deuda fue la culpable de que soportaras estoicamente aquel bodrio llamado Alien Prometheus, la misma que engrasa el complicado engranaje emocional que esta semana te ha arrastrado a ver Covenant y que te arrastrará (y además con un hálito de esperanza: esto es lo más cruel) el próximo siete de octubre a visitar de nuevo aquel sombrío Los Ángeles de Rick Deckard vía Denis Villeneuve, Hampton Fancher y Ryan Gosling. Será un blockbuster olvidable y mustio —¿algún remake no lo es? Y sin embargo no conseguirá arañar un ápice de aquella emoción perfecta, de aquel amor inolvidable.

¿No es maravilloso, el cine?

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