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Basta ya, por amor

Soy catalana, saben. No tengo tiempo de esperar a que todo el mundo admita su cobardía y su error cuando ya no tengan remedio

Foto: Fronteiras do Pensamento | Flickr

Fernando Savater piensa y escribe muy distinguidamente; mejor aún, muy convincentemente. Y eso provoca efectos interesantes. Por ejemplo, que muchas personas que en realidad no creen ni quieren creer en el amor eterno y/o en el luto duradero se hayan interesado por su viudez beligerante y hasta “impertinente”, en feliz definición de Basilio Baltasar, moderador del acto de presentación en Madrid hace solo un rato (para quien esto firma) de La peor parte. Memorias de amor (Ariel, 2019), el libro con el que Savater exorciza a su esposa profunda, irrepetiblemente muerta, a las tres y diez de la madrugada del 18 de marzo de 2015. Solo que este es un exorcismo al revés: se busca aumentar si cabe la posesión por el espíritu ausente, no rebajarla.

A poco que asomen ustedes el morro por ahí hallarán incontables reseñas de este libro y/o entrevistas donde el amor de Fernando Savater por Sara Torres hace correr ríos de tinta muy perpleja. No es fácil hoy en día encontrar el tono para vérselas con un amor así, que en el cine está bien pero en la vida casi estorba. Así sea por la ingenua firmeza con que deja al desnudo la mediocridad de la mayoría de amores circundantes. Las comparaciones son odiosas. Y las amorosas, más.

Dicho lo cual, debería tal vez avergonzarnos que tenga que ser precisamente el viudo inconsolable, la doliente alma en pena, quien nos recuerde que este libro suyo tiene un recorrido sentimental y además lo tiene político. Político en el sentido más puro y valiente. Porque en este libro Fernando desnuda sus amores con Sara, sí; pero sobre todo desnuda sus razones. En este libro Savater cuenta cosas que no había contado nunca. O quizá como nunca las había contado.

Este libro es la historia de dos personas que por separado quién sabe lo que habrían podido dar de sí, pero que juntas cambiaron el mundo. Como suena. Primero, por tener el valor de mudar de opinión, de prejuicio o de idea, antes que de valores. Ella, la canaria pobre y bastarda que de pura rabia lumpenproletariat aterriza en la izquierda abertzale hasta que se da cuenta de que aquello no es izquierda ni hostias; él, el yerno ilustrado y progre que cualquier Señora Robinson habría querido tener, hasta que se apercibe de que hay verdad y honor más allá de las lindes seguras. Y cogidos de la mano saltan Fernando y Sara, Sara y Fernando, tanto monta, monta tanto, a lomos de un tigre que ya no dejarán de cabalgar a cuatro piernas hasta que la muerte les separe. Literalmente. O no.

Habla Savater en este libro de cómo el asesinato de Yoyes les abrió los ojos a los dos. Del gran espanto con que fueron comprendiendo a lo mucho que tendrían que atreverse. Cuando nuestro filósofo más querido decide poner todo su prestigio, toda su comodidad académica, en la línea de fuego, lo hace por el mejor de los motivos: para merecerla a ella. “Sin su apoyo poco habría conseguido. Ella tenía más sentido político que yo y corregía a menudo mi tendencia retórica y mis arrebatos abstractos. Conocía muy bien el mundillo radical, leía sus publicaciones y veía en ETB los programas en euskera; en resumen, estaba al tanto de una información preciosa a la que ni yo ni la mayoría de los constitucionalistas prestábamos atención”, concluye Savater.

Y vuelve a concluir, solo unas líneas más allá: “Ella no se limitaba a informarme sino que me señalaba los temas de los que debía escribir; la mayoría de lo que publiqué entonces y luego se debía tanto a su agudo sentido de la oportunidad como a mi capacidad expresiva. Yo me encargaba de dar forma y fuerza literaria a las ideas que me proporcionaba. Como digo, formábamos realmente un dream team. Muchos años después, un amigo, probablemente exagerando, me hizo el mayor elogio que he recibido nunca: ‘Has sido la persona que más ha hecho contra el nacionalismo separatista en este país’. Aunque se trate de una hipérbole, es perfectamente cierto que fuimos a nuestro modo imprescindibles. Digo fuimos porque no se trataba, como creía mi amigo, de una sola persona sino de dos”.

Les desafío a leer el resto, lo que estas catas del libro dejan entrever…Ah, y otro detalle. Otra pista. En la presentación en Madrid, Juan Cruz contó de las broncas épicas que en ocasiones se llevó de Sara porque una entrevista de El País a Savater tardaba en publicarse más de lo que ella consideraba justo y aceptable. No era una cuestión de vanidad. “Es que ella tenía una ilimitada fe en que, en cuanto yo publicaba un artículo, todo cambiaba”, farfulló el viudo, aún maravillado y aturdido.

Para acabar, un semi-acertijo en clave cinéfila, como a Sara Torres le habría gustado. ¿Saben cuál es la diferencia entre La lista de Schindler y El Gran Dictador? Pues que, siendo ambas estupendas películas sobre casi lo mismo, una llega tarde (ah, si todos los que lloran a moco tendido con las películas del viejo Holocausto reconocieran un Holocausto nuevo cuando lo tienen delante de sus narices…) y la otra en cambio tuvo el valor de hacerse, y de decir lo que decía, antes incluso de que los Estados Unidos llegaran a entrar en guerra contra Hitler. Una nos cuenta la historia. La otra quizá medio la decidió.

Soy catalana, saben. No tengo tiempo de esperar a que todo el mundo admita su cobardía y su error cuando ya no tengan remedio. Miren urgentemente hacia arriba por favor. Miren hacia Sara. Y no dejen de leer a su Fernando.

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