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La batalla por el centralismo

Foto: Mariscal (Izq) / Fernando Alvarado (Der) | EFE

En España no hay septiembre sin cuesta, ni paisano que no se desayune los augurios informativos del nuevo curso. Augurios que lo mismo vaticinan una moratoria de la canícula veraniega que alertan de la llegada de un otoño caliente en Cataluña. Yo, por si acaso, recomiendo hacerles caso. Puede que sea cosa del calentamiento global –y me refiero al fenómeno atmosférico, por supuesto–, pero el termostato territorial se autorregula en España, así que este otoño seguiremos hablando de Cataluña.

Acabamos de dejar atrás la séptima Diada multitudinaria desde 2012, y mucho, por no decir casi todo, ha cambiado desde entonces. Se cumplen seis años desde que Artur Mas visitó el Palacio de la Moncloa, casa de todos, para hablar de su qué hay de lo mío. Lo lógico y normal. Pero ese día además pidió lo que sabía que no le podían dar para cargarse de razones y justificar así unas elecciones que le agavillarían los 6 diputados necesarios para un más que apetecible gobierno en solitario. Un auspicio astuto sobre el papel, pero la aritmética electoral es a veces canalla. Desde entonces los catalanes han sido los españoles que más veces han votado en nuestro país. Un carrusel de citas electorales con siete urnas. Pero de las de verdad, sin trampas ni (de) cartón.

Cataluña es plural. Esto no va de negarlo, sino de asumirlo. Y, para muestra, un botón. ¿Qué partido ha ganado las elecciones en cada una de esas siete convocatorias? Ni uno, ni dos, ni tres. La manita. Cinco vencedores diferentes en las siete últimas elecciones. Fuerzas de todo pelaje ideológico y condición identitaria. Veamos: ha ganado la izquierda separatista tradicional y también la izquierda emergente no separatista (ERC fue la más votada en las europeas de 2014 y los Comunes en las dos últimas generales). También fueron los más votados la derecha separatista y la derecha constitucionalista (CiU ganó autonómicas de 2012 y municipales de 2015, y Ciudadanos las últimas autonómicas). Y, por si fuera poco, una coalición antinatura, creada ad hoc entre izquierdas y derechas, Junts pel Sí, se llevó los laureles en las autonómicas de 2015. Un caso electoral de estudio, vertebrado y jalonado por el “expediente-territorio”.

El “expediente-territorio” no es más que un recurrente debate sobre la organización de nuestro Estado de las Autonomías y, por desgracia, ya conocemos el límite que pueden alcanzar algunas de sus derivadas, como la que provoca el nacionalismo excluyente. Por eso, representa uno de los asuntos políticos, institucionales, sociales y económicos más importantes en nuestro país. Por tanto, no es casual que, desde 2012, el CIS pregunte a los españoles todos los meses por sus preferencias con respecto a las diferentes formas de organización territorial que debe tener el Estado. ¿Cómo han evolucionado esas preferencias? ¿Habrán aumentado los recentralizadores desde el 1 de octubre del año pasado?

En términos generales, la cosa no ha cambiado mucho. El modelo de nuestra Constitución sigue siendo la opción preferida por los españoles. 13 millones quieren un Estado en el que las Comunidades Autónomas tengan las mismas competencias que en la actualidad. Además, es la opción que más ha crecido y la que tiene un respaldo claramente superior a cualquiera de las demás opciones planteadas. Y, ojo, la de consenso, es una opinión compartida por los españoles de todas las generaciones, aunque menos entre los veteranos y más entre los noveles.

Las dos opciones recentralizadoras, es decir, la que propone un Estado sin gobiernos autonómicos y la que sugiere que las autonomías acumulen menos competencias, son en conjunto la segunda alternativa que más españoles congrega: cerca de 11 millones de personas, el 30% del cuerpo electoral. Nuevamente, atentos, porque si bien desde mediados de 2015 hasta el otoño de 2017 las posiciones recentralizadoras habían ido perdiendo atractivo paulatinamente, una vez que estalló la crisis territorial en Cataluña, los simpatizantes jacobinos han crecido cerca de un millón y medio. Además, si nos volvemos a poner las gafas generacionales, vemos que los nacidos después del retorno de la democracia son los que menos congenian con esta opción, poco más del 20%.

Y, finalmente, están las opciones que plantean un ordenamiento más centrífugo, es decir, con mayor descentralización; o las que abogan, incluso, por la creación de Estados independientes, que son las minoritarias. El 15% de los españoles –unos 5 millones– preferiría que las autonomías gozaran de mayores competencias. Y la parroquia independentista solo congrega a un 10% de la sociedad española. Estos últimos son entre 3 y 4 millones de electores, y el 75% de ellos vive en Cataluña y en el País Vasco. Por tanto, en el conjunto de España el apoyo al independentismo permanece estable y está localizado.

Pero lo verdaderamente interesante de este análisis es la relación de la preferencia territorial con el voto. Se está fraguando un cambio de ciclo en uno de los nichos electorales más importantes, el voto centralista. El terremoto político del otoño pasado en Cataluña, además de poner a prueba la fortaleza de los cimientos de nuestro Estado de derecho, provocó una reconfiguración electoral inédita entre los 11 millones de partidarios del centralismo, que muestran un cambio significativo en sus preferencias electorales.

Tras la victoria de Ciudadanos en las catalanas, el PP dejó de ser la primera fuerza en intención de voto entre estos electores. En enero de este año los de Rivera obtenían el 25% frente al 22% de los populares. Para tener un cierto orden de magnitud del vuelco, en enero de 2017, un año antes, el PP casi triplicaba a Ciudadanos en este importante segmento del electorado, con el 35% frente al 13%. Hoy, esta distancia se ha reducido y, desde la moción de censura, la batalla se ha recrudecido. El último barómetro del CIS nos muestra un escenario de juego interesante: el 20% de los centralistas elegiría a Ciudadanos, el 18% al PSOE y el 17% al PP, tercera fuerza en este segmento por primera vez en la historia.

En los próximos meses, los ciudadanos volverán a expresarse una vez más, y puede que el reto territorial esté presente en sus motivaciones. La suerte está echada, la moneda está en el aire. Normalmente se dice que las elecciones se deciden en el centro ideológico. Quizá un augur les recomendaría a todos los partidos que enfoquen también la mirada hacia el caladero centralista. Porque centrismo y centralismo son cuestiones distintas, ¿no?

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