THE OBJECTIVE
Carlos Mayoral

Baudelaire, sublime con interrupción

«Es un genio que, del XIX en adelante, marca la manera de concebir el desastre del albatros al tropezar con sus alas infinitas»

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Baudelaire, sublime con interrupción

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En uno de sus poemas más conocidos, Charles Baudelaire le canta a un ave que despliega sus alas en pleno vuelo, demostrando un poderío nunca antes visto. Surca el cielo con la majestuosidad propia del rey celeste, planea con belleza sobre los navíos: es el mítico albatros. Pero en el poema homónimo no es esa estampa esplendorosa la que predomina. Baudelaire sabe que los marineros suelen, como mera distracción, dar caza al albatros de vez en cuando. Es entonces, cuando son sometidos por la ballesta y aterrizan en la cubierta del barco, cuando se muestran torpes, rudos, débiles, grotescos. Baudelaire finaliza el poema estableciendo un paralelismo entre el albatros y el poeta: imparable y hermosos cuando despliega sus alas, torpe y triste cuando toca tierra. Todo se resume en un último verso magnífico: «Sus alas de gigante le impiden caminar».


El día 9 de abril se cumplió el segundo centenario del nacimiento de Charles Baudelaire, quizás el primer albatros, el primer autor que fue consciente de su falta de adaptación a la tierra. Esa mañana lluviosa de 1821 veía la luz un ser incomprendido, marginado, pueril cuando no desplegaba sus alas, pero que necesita esa puerilidad para alzarse en vuelo. Deja pasar su vida entre prostíbulos, drogas y sífilis, pero lo realmente curioso es que es precisamente esa podredumbre la que le mantiene con vida. No hay albatros en su poesía sin ballesta que le dé caza. Baudelaire es el primer poeta que sublima la bohemia, que encuentra en los callejones oscuros, hediondos, del París decimonónico el motor de una poesía que deja atrás ninfas y pastores, dioses y Arcadias, para fijarse en la perversión y la inmoralidad de las gentes. Paradójicamente, a Baudelaire parece interesarle más la torpeza del albatros que su vuelo sublime. Sabe que juega con ambas caras de la moneda.

En una entrevista titulada «La belleza de pensar», Roberto Bolaño habla de dos tipos de poetas: el poeta adolescente y el poeta adulto. El maestro chileno identifica a Arthur Rimbaud y al Conde de Lautréamont con el primer grupo, autores que nacen tocados por la mano de Dios, que beben del talento innato, de la pureza lírica; cuyo arte no nace de una consciencia propia, sino de un ingenio natural. En contraposición, hay un poeta adulto que maneja la técnica de manera soberana, que sabe perfectamente lo que está haciendo en cada segundo, que es una roca. Por encima de todos los poetas adultos destaca Baudelaire. Pater familias, lo llama. Estoy de acuerdo con Bolaño. Baudelaire sabe perfectamente que no es sublime sin interrupción, que en su pecado lleva no sólo la penitencia, sino también la poesía. Es un genio que, del XIX en adelante, marca la manera de concebir el desastre del albatros al tropezar con sus alas infinitas. Doscientos años más tarde, no volverás a despreciar al de abajo, dejarás de creer que no hay versos en la miseria. Un habitante en la tormenta. Un exiliado en la tierra. Un genio.

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