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Bendita normalidad

Foto: CHARLES PLATIAU | Reuters

Preguntaba Antonio García Maldonado al filósofo Manuel Cruz sobre la dichosa “épica de la normalidad” que debería acaparar toda la epopeya en la idílica democracia liberal. Cruz sitúa el concepto cerca del oxímoron, motivo que tal vez explique por qué es el gran ausente en la esfera pública de hoy. De lo contrario, la alta expectación que concita la política sería difícilmente explicable. ¿Se ha abusado, pues, en las democracias occidentales de los vítores a la excepcionalidad y a la singularidad por parte de aquellos a quienes se les suponía la tarea de evitarlas?

Atendiendo al auge populista continental, no parece aventurado afirmar el fracaso de la normalidad como motor del debate público. No tanto por su faz identitaria que en nombre de la democracia la acaba minando mediante la exclusión de parte del ‘demos’, sino por el reverso: lo que comparten los discursos épicos es la apelación a un sujeto colectivo al que ofrecen una narrativa propia, con su despertar, sus retos comunes –normalmente contra lo establecido- y, en definitiva, su futuro. Así, se sitúa en el centro un destino colectivo soñado, donde el protagonista es el ‘nosotros’, donde el sujeto individual queda desplazado y relegado de la ecuación.

Es comprensible que el ser humano acuse la necesidad de sentirse parte de su propia revolución, lo que es intolerable es utilizar lo perfectible de la democracia como pretexto para esa revolución. Lo erróneo, sin duda, es considerar que los íntimos deseos de emoción y desenfreno que todo individuo alberga legítimos pueden saciarse en el terreno del debate público. Esto no significa entender la democracia como un corsé en el que nuestros idilios son irrealizables, sino todo lo contrario.

¿Acaso no es el modelo de civilización occidental contemporáneo el más permisivo con nuestras pasiones más inconfesables? ¿No es la libertad lo que nos brinda la impagable sensación de equivocarnos dolorosamente obedeciendo a nuestro fuero interno? La sobria normalidad es el mejor síntoma indicativo de la salud de un proyecto común que no pone en cuestión esa libertad y el mejor terreno para la plena realización de nuestros sueños, de los que sí somos libres de convertir en pesadillas.

Reflexionaba acerca de todo esto en la primera manifestación a la que asistí en Barcelona el pasado octubre en defensa del pluralismo político y de la Constitución. Reparé en lo poco sexy que resulta lanzar proclamas pidiendo respeto por el trabajo de los jueces y fiscales. Reivindicando la normalidad. Uno se pregunta, a menudo, intentando un ejercicio de honestidad para consigo mismo, qué le lleva a tomar partido en el debate público. Siempre he creído que no soy nacionalista porque quiero conservar mis propias pasiones personales, a menudo indecentes. Poder despreocuparme de las excepcionalidades históricas de turno es una buena manera de dedicarles todo mi tiempo.

“Creo que la gente ha olvidado que la historia podía ser trágica”, ha dicho recientemente Manuel Valls, en alusión a la inestabilidad desatada por los últimos pasos del independentismo catalán junto a la de otros movimientos que acechan a las democracias europeas. Yo también lo creo. Convertir la salud democrática de una sociedad en un parapeto para sentirnos protagonistas tiene el inconveniente de un probable desenlace en el que tengamos que dejar de pensar en nuestras particulares tragedias porque nos invade una mayor y definitiva. Por eso, tras cada insignificante fracaso, hay que repetirse: viva la normalidad.

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