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Benidorm, fin de gira

El progreso general de la humanidad está alargando hasta lo indecoroso el oficio de rockero, al punto de propiciar aniversarios imposibles, tipo 70 años de éxitos, o dar pie a que ochentones con bisnietos se planteen la posibilidad de dar un giro radical a su carrera. Hubo un tiempo en que la vejez era cosa de dictadores, cupletistas y presidentes del Madrid, y hoy es un timbre de excelencia indie. A las estrellas del rock las indisponía la droga, no la sordera, como ha sido el caso de Brian Johnson, ni un costalazo, como ocurrió con Yosi no hace mucho. Al cantante de Los Suaves no se le ocurrió otra cosa que lanzarse sobre el público y, como quiera que éste le hizo la cobra, acabó besando el suelo. ¡Lanzarse al público a sus 68! ¿Qué se había pensado, que aún tenía 60? La longevomanía tuvo sus pioneros. Antes de la crecida, por ejemplo, estaba Miguel Ríos, la Jane Fonda del r’n’r patrio, pero sus proezas sobre el escenario eran, sobre todo, un horizonte biológico: el milagro con que ir alimentando la ficción de que la vida es un deporte para todas las edades.

El efecto de esta pócima sobre el resto de los mortales promete ser devastador: pronto no va a haber excusa para no retomar el inglés, intentarlo de nuevo con el Ulises o, peor aún, volver a ser un aliado de la noche, un ser eléctrico, un hijo del rock and roll. El armagedón, lo veo, es una suerte de quimera con el pellejo de Iggy Pop, la mirada de Kurt Cobain y el bamboleo de Giorgio Dann, un crooner biónico que se vuelve hacia sus fans y pregunta: “¿Mande?”.

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